Críos dependientes

Los padres demasiado tolerantes y muy apegados a los hijos son incapaces de prepararlos para el futuro.

No creo que sea verdadera la afirmación de que estamos en permanente evolución. Esto nos proporciona una idea positiva y fatalista, como si el futuro siempre fuese mejor. Desde el punto de vista de nuestra andadura en dirección a la independencia, pienso que los últimos pasos han sido hacia atrás, es decir, estamos formando a una generación de personas más inseguras y dependientes de que lo hemos sido nosotros. Los críos están superprotegidos y disponen, debido a los avances tecnológicos, de una serie de facilidades inimaginables en nuestra infancia.

Sin embargo, las condiciones de niños y niñas han mejorado también en virtud del advenimiento de la psicología moderna. Hemos aprendido con el psicoanálisis a considerar los primeros años de vida como un período especialmente importante para la formación de la personalidad. Hemos aprendido a entender – cuando menos a intentar entender – el funcionamiento de la razón y de cómo las emociones se manifiestan en los niños y en los adolescentes. Hemos aprendido a dar valor a sus dolores y a prestar más atención a sus necesidades.

Esa preocupación ha sido, sin duda, positiva. Desgraciadamente, está el otro lado de la moneda. Los adultos han pasado a tener mucho miedo de actuar con energía y disciplina en relación a los hijos. Han sentido temor de traumatizarlos, de imponerles “marcas irreversibles” que les pudiesen causar limitaciones posteriores. La noción de trauma, que sólo debería ser aplicada a acontecimientos muy dramáticos, se extendió a todo tipo de procedimientos represivos necesarios al aprendizaje del ser humano. La psicología – que tanto nos ha enseñado acerca de la vida interior de los críos – nos ha dejado las manos atadas, impidiendo una educación basada en la firmeza.

Hoy ser “pequeño” es un privilegio para los que han nacido en las clases más acaudaladas. Por otra parte, las condiciones de la vida adulta sólo han empeorado. La población del planeta ha venido aumentando más allá de sus posibilidades. Existe un número cada vez mayor de personas que disputan el mismo espacio. En las grandes ciudades hay exceso de habitantes, lo cual determina el crecimiento inevitable de la violencia. Paralelamente, el mercado de trabajo no presenta condiciones para absorber a todos los jóvenes que se licencian. Esto hará que las próximas generaciones vengan a obtener ganancias materiales bastante inferiores a las nuestras (que ya no siempre son muy satisfactorias). La competición profesional se hace encarnizada, y lo que es peor, a cambio de ganancias menores. Es inevitable que la idea de prolongar el período infantil se vuelva extremadamente atrayente.

La acentuada dependencia de los críos es una calle de doble dirección. Los padres también desarrollan fuerte dependencia en relación a los hijos. Esto es particularmente verdadero cuando los adultos tienen sus propios problemas emocionales mal resueltos y han canalizado buena parte de sus necesidades afectivas hacia el vínculo con los críos, que debería ser temporal.

Hoy los adultos se sienten desamparados. No faltan razones para justificar tal inseguridad. Antiguamente las personas mantenían fuertes vínculos con los padres, tíos, hermanos. De este modo, los compañeros y los hijos solamente venían a complementar los lazos ya existentes. Pero el clan familiar ha cedido lugar a núcleos menores. El fenómeno ha sido generador de libertad, desapareciendo el deber de obedecer a las generaciones más viejas. No obstante, ha aumentado la dependencia entre marido y mujer, y entre la pareja y sus hijos. El afecto, otrora diluido, está concentrado en pocos objetos de amor.

Hay un factor más para complicar las cosas: el divorcio, por el cual el vínculo conyugal puede ser roto en cualquier momento. Con ese futuro incierto, padres y madres tienden a apegarse todavía más a los críos. Si ocurriese la separación, podrán cuando menos contar con el amor de éstos. El círculo se cierra: hijos superprotegidos, débiles y dependientes, seguramente se prestarán mejor a ese papel que aquellos que han sido educados para criar alas y volar en busca de su destino.

Traducción: Teresa

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