Cuando hablar es agredir

Hay opiniones discrepantes en relación a las personas que son muy cuidadosas y delicadas cuando expresan su punto de vista especialmente sobre temas polémicos. Algunos las juzgan falsas e hipócritas, pues eligen las palabras con la intención de agradar al interlocutor. Resultado: se desconfía de su sinceridad. Otros, sin embargo, piensan de manera diferente. Consideran que son espíritus más atentos, preocupados por no ser invasivos ni groseros. Tienen cuidado, sí, porque no les gustaría, bajo ningún concepto, lastimar a la persona con la que están conversando.

Puede parecer también que el tipo más espontáneo y sincero es más vehemente en la defensa de sus ideas, mientras que el más delicado tiene menos interés en hacer prevalecer su punto de vista, tirando siempre “por la calle de en medio”. Aunque muchas veces tales consideraciones sean verdaderas, pienso que no es tan sencillo evaluar la conducta más adecuada. Este asunto no sólo envuelve cuestiones morales, sino que tiene relación con la eficacia de la comunicación entre las personas.

Bajo el aspecto moral, la preocupación por el otro se impone siempre. Ser honestos y sinceros no nos da el derecho de decir todo cuanto pensamos. La franqueza puede ser perjudicial. Por ejemplo, si una persona, al encontrar a un amigo con el rostro abatido, le dice: “¡Caramba, que pálido estás! Hasta parece que estás enfermo”, estará siendo sincera, pero tremendamente insensible. La verdad no sustrae el carácter agresivo de la afirmación; por el contrario, lo acentúa. En la práctica, considero que una buena forma de evaluar una acción es por su resultado. Si el efecto es destructivo, la acción será nociva, con independencia de la “buena intención” de aquel que la ha practicado.

La tesis de que debemos decir todo lo que pensamos es todavía más indefendible cuando el objetivo es facilitar el entendimiento y la comunicación. Indiscutiblemente el ser humano es vanidoso y, si se sintiese ofendido por alguna palabra o actitud del otro, acabará por desarrollar una postura negativa en relación a esa persona. Si alguien inicia una frase con expresiones tales como “Tú no te enteras de nada”, “Cualquier idiota es capaz de comprender que…”, ellas provocarán una especie de sordera inmediata. No escucharemos el resto del argumento o entonces lo oiremos con la intención de encontrar buenos razonamientos para derribarlo.

Cuando uno se expresa, es preciso tener extremo cuidado con las palabras, pues ellas alcanzan positiva o negativamente al interlocutor. En el proceso de comunicación, la recepción es tan importante cuanto la emisión de las señales. Tenemos que recordar esto si queremos obrar de modo constructivo para nosotros y para los demás. El poco caso hacia el “receptor” indica falta de respeto moral y agresividad (voluntaria o no). Hay personas que sólo tienen interés en mostrar lo muy perspicaces y brillantes que son. Quieren quedar por encima. Quieren enseñar y no aprender. Despiertan rabia, no admiración, pues el arte de seducir camina exactamente en la dirección opuesta. Un hombre (o una mujer) atrayente hace que el otro se sienta guapo, estupendo e inteligente. Prefiere darle atención, antes que estar todo el tiempo repitiendo “lo bárbaro y maravilloso que soy”.

¿A qué persona le gusta acercarse a alguien cuyo objetivo principal es la auto-promoción constante? ¿Quién soporta discursos interminables basados en un narcisismo hueco? Prácticamente nadie. El desinterés por el interlocutor es, a mi modo de ver, fruto de un individualismo acendrado, y oculta el deseo inconsciente de darse mal en la vida.

Traducción: Teresa

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