Cuerpo, Alma y Sociedad – Parte 1

Nuestra trayectoria, como especie impar, pasa por el crecimiento y diferenciación del cerebro y de todo el sistema nervioso, lo cual ha permitido una mayor y mejor utilización del “equipamiento” así disponible. Tal vez la más formidable sea la posibilidad de constitución del lenguaje. Éste depende del perfeccionamiento de innumerables áreas cerebrales, muchas de ellas con mejor conocida localización, en la actualidad.

Es fuerte mi convicción de que la adquisición del lenguaje corresponde a un divisor de aguas entre dos circunstancias completamente diferentes. Nuestra especie ha vivido, a lo largo de decenas de miles de años, sin haber conseguido sistematizar y traspasar a las generaciones siguientes un sistema de signos que denominasen a objetos, acciones y sensaciones. Pienso que han estado, más que nada, a vueltas con sus impulsos instintivos y con la resolución de sus necesidades de supervivencia. Formaban, como los demás mamíferos, arcos reflejos condicionados y los respetaban. Reaccionaban a los deseos sexuales, a las situaciones agresivas y a algunas reglas de supervivencia que hubiesen aprendido a respetar. En ese dominio, todo son suposiciones y no estoy cualificado para ir más adelante en los detalles.

Avanzando por los milenios, y continuando en el plano de las conjeturas, imagino que en algún momento hemos sido capaces de dar uso efectivo al “equipamiento” que ya poseíamos desde hacía mucho más tiempo. Los símbolos sonoros – más tarde también registrados bajo la forma de dibujos, nuestra primera escritura – han podido ser asociados fijamente a los actos y a determinados objetos con sus propiedades. Me refiero al hecho de que el mismo símbolo pasaba a tener idéntico significado para todos los miembros de un determinado grupo. Siendo así, han podido ser traspasados de una generación a la otra, lo cual ha permitido, posiblemente por primera vez, la sistemática y rápida acumulación de experiencias y conocimiento. En mis devaneos imagino que esa debe haber sido la primera gran revolución “tecnológica”, en todo similar a la que estamos viviendo actualmente.

Es difícil imaginar en cuánto la adquisición del lenguaje ha podido influenciar la vida de cada persona y también la forma como vivían socialmente. Algún tipo de vida en grupo era anterior a la adquisición del lenguaje, ya que éste dependía de que los mismos símbolos fuesen usados por varias personas con igual significado. A los símbolos los denominamos palabras. Éstas pasaban a sustituir, en la mente de cada uno, el objeto o situación a que se refería, tal como los números han venido a sustituir la cantidad de objetos. De un momento para otro, hemos pasado a correlacionar las palabras entre sí sin tener que atenernos directamente a los acontecimientos, tal como los matemáticos pueden inventar correlaciones entre números que ya casi no tienen nada que ver con las cantidades a que inicialmente se referían. Surge la posibilidad de construir pensamientos, o sea, conjunto de frases constituidas por palabras que, un día, habían sido “tan sólo” símbolos indicativos de objetos, sensaciones o situaciones.

Tengo que empeñarme para no perderme y no confundirme mientras escribo estos renglones, de modo que supongo que el lector no se encontrará en situación muy diferente. ¡Es como si estuviésemos asistiendo a un curso de matemáticas o incluso de informática! No vamos a enrollarnos más en este berenjenal. El caso es que somos capaces – y eso lo sabemos por vivencia personal – de servirnos de nuestro cerebro de forma a construir pensamientos, imaginar situaciones que no estamos viendo, reflexionar acerca de lo que nuestros órganos de los sentidos nos informan. En los sueños “vemos” lo que no existe, ya que tenemos los ojos cerrados; sabemos distinguir lo que vemos de lo que imaginamos, aun cuando ambos nos llegan bajo la forma de imágenes. Somos sensibles a determinados sonidos que, en nosotros, determinan emociones especiales, y así sucesivamente. Lo más importante de todo esto es que somos conscientes de nuestra condición. Sabemos que, como los otros animales, somos mortales. Vivimos en el conocimiento de que, un día, llegaremos a morir, y nuestro cuerpo será reintegrado a la tierra.

El aspecto más interesante de nuestra condición es que no vivenciamos toda esa gama de pensamientos y sensaciones como si ellas estuviesen en relación con nuestro cuerpo, en especial con el cerebro. Cuando pensamos, imaginamos o conversamos, no tenemos la sensación de que nuestro cerebro está en actividad, de que determinadas reacciones químicas en el interior de las neuronas son las responsables por nuestras sonrisas o lágrimas. No es así como nos percibimos. Tenemos la nítida impresión de que nuestra actividad intelectual – o sea, las correlaciones que hacemos entre palabras, frases, conceptos, etc. – y nuestras emociones, son totalmente independientes del cuerpo. Tenemos la impresión, por tanto, de que somos dobles, constituidos de dos entidades: la que posee un cuerpo y otra más, inmaterial, que ha sido denominada alma. Nuestra alma contiene nuestros pensamientos, sensaciones y también valores, algo que hemos construido a partir del uso autónomo de nuestras funciones psíquicas. Nuestra alma, por veces, mira para nuestro cuerpo, ¡y no lo reconoce como nuestro! Es común que esto suceda cuando envejecemos y nos asombramos con nuestra imagen reflejada inesperadamente en alguna superficie con espejo.

Los dolores físicos, registrados en el alma, nos recuerdan que esas entidades no están así tan separadas. Ocurre lo mismo cuando nos percibimos tomados por impulsos corporales, como pueden ser el deseo sexual, el hambre, la sed, reacciones agresivas, etc. Éstos llegan a la consciencia – palabra que corresponde, al igual que la mente, a sinónimo de lo que estoy denominando alma – y, por veces, no son muy bien recibidos. Es como si nuestra alma tuviese que “soportar” algunos desafueros de nuestro cuerpo. Es como si nuestra alma, superior, tuviese que convivir con los mezquinos anhelos corporales.

Al mismo tiempo hemos de aceptar que el alma no es capaz de subyugar totalmente al cuerpo, lo cual determina una inexorable tensión interna, un conflicto entre partes. El alma construye un conjunto de valores que no siempre tienen en cuenta las reales peculiaridades del cuerpo. Tal sistema de valores parece haber sido elaborado en función de una idea de que, a través de los pensamientos y de la acción de la mente, seríamos capaces de trascender totalmente nuestra condición mamífera y mortal, muchas veces percibida como algo intolerable.

El cuerpo también suele tener sus “quejas” en relación con el alma. Suele sentir como exagerados e innecesarios los frenos derivados del sistema de valores constituidos por el alma. La realización de determinados deseos naturales acaba por determinar una ofensa al código mental, de modo a provocar un conflicto íntimo que puede incluso determinar efectos nocivos a la salud corporal. Si la persona actúa de acuerdo con el deseo del cuerpo, el alma protesta y determina sentimientos de vergüenza o culpa. Si se priva al cuerpo de actuar, éste puede ponerse enfermo. Y así vamos intentando equilibrar nuestra dualidad y sus consecuencias.

El anhelo de trascendencia, de que esa parte inmaterial, sentida como superior, que habita nuestro cuerpo sea capaz de sobrevivir a nuestra muerte física, debe haber influido en la construcción de la hipótesis de la inmortalidad del alma. No tengo la menor intención de opinar sobre este tema. Me gustaría reafirmar el punto de vista en que me estoy basando: con independencia de su origen y de su carácter mortal o inmortal, vivenciamos en nuestra subjetividad la presencia del alma, como pueda ser, un conjunto de pensamientos, sensaciones y valores, que no nos parecen vinculados al cuerpo. No desconozco el hecho de que alteraciones orgánicas cerebrales de todo tipo pueden interferir en nuestro estado psíquico, especialmente en la disposición, humor, e igualmente provocar disfunciones senso-perceptivas y de cognición más o menos graves. No desprecio nada de eso. Tan sólo registro que, desde el punto de vista de la psicología normal y de cómo vivimos lo cotidiano, el alma parece destacada del cuerpo. Además, no siempre somos competentes para percibir la influencia, que efectivamente sufrimos, de nuestras condiciones corporales, especialmente aquellas relacionadas con la química cerebral.

No resta ya la menor duda de que las alteraciones metabólicas cerebrales pueden interferir dramáticamente en la forma como pensamos, sentimos y procedemos.

O sea, el alma está, sí, sujeta a las condiciones del cerebro – así como de todo el cuerpo. Ocurre que la recíproca también es verdadera: muchos de nuestros pensamientos desastrosos, relativos a miedo o a malos presagios, determinan inmediatamente las reacciones físicas correspondientes. Nuestro cuerpo reacciona a nuestros pensamientos de la misma forma en que reacciona a los acontecimientos que a ellos corresponderían. ¡Las reacciones corporales no distinguen entre realidad e imaginación!

Traducción: Teresa

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