Cuerpo, Alma y Sociedad – Parte 2

El cuerpo interfiere en el alma al igual que el alma interfiere en el cuerpo. A pesar de sufrir la influencia del cuerpo, el alma está lejos de ser tan sólo una extensión de aquél. El sistema de pensamientos, la capacidad de imaginar y de abstraerse del simple registro de los acontecimientos reales, la constitución de un código de valores, todo esto añadido a la consciencia de que se es capaz de todo eso – amén de la ya citada consciencia de la finitud de la existencia – define una instancia autónoma que trasciende el cuerpo. El alma sufre la influencia del cuerpo, pero no es tan sólo una manifestación sofisticada de nuestra química. No creo que esté cercano el día en que tendremos alguna idea respecto de cómo el cerebro “produce” pensamientos. Siendo así, para fines prácticos, debemos considerar el alma como independiente, lo cual define psicología como una ciencia aislada y desvinculada de la neurología y de la denominada neurociencia. Cualquier actitud de reducción es ingenua y empobrecedora. Suele darse como parte de la defensa de una tesis, una teoría, un punto de vista. Ahora bien, el punto de vista ya es una manifestación de la propia alma. ¡Es el alma del investigador la que estudia la neurociencia! Por otra parte, despreciar los avances en la comprensión de las funciones cerebrales forma parte del mismo procedimiento simplificador y corporativo.

Como si no bastase esa permanente dualidad entre nuestra biología y la psicología, tendremos además que introducir un tercer ingrediente que, en determinadas circunstancias, puede llegar a ser de fundamental importancia. La adquisición del lenguaje ha determinado, según suposición que ya he registrado, una epidemia extraordinaria de avances de todo tipo, incluso de la comunicación entre los miembros de una determinada comunidad. El traspaso del conocimiento acumulado de una generación a otra y la facilidad de comunicación entre las personas debe haber contribuido, mediante varios mecanismos, para el estrechamiento de la convivencia y eventualmente para el aumento de las dimensiones de cada grupo humano. La mayor o menor competencia para el uso del lenguaje y del conocimiento puede haberse transformado en rival de la competencia física, elemento que, al principio, debe haber sido lo más importante para el establecimiento de jerarquías dentro de los grupos. Es siempre muy difícil imaginar la existencia de grupos sin que tiendan a surgir lideratos, y asimismo diferenciación de funciones y privilegios. Los grupos mayores deben provocar una diferenciación de papeles todavía más desnivelada.

No pretendo extenderme en aspecto alguno de este texto, mucho menos en el que concierne al establecimiento de las peculiaridades de la vida en sociedad. Lo que importa aquí es dejar claro mi punto de vista, que es el de que los hombres ahora unidos también por un lenguaje en común, han constituido organizaciones sociales cada vez mayores y más complejas, sujetas a reglamentaciones cada vez más complejas y sofisticadas. Éstas tenían por objeto definir, de modo claro, los papeles y funciones de cada uno de sus miembros, lo cual, en la práctica, implicaba la constitución de jerarquías de poder y privilegio a servicio de los más fuertes. Los más fuertes probablemente no eran ya solamente aquellos dotados de adecuada complexión física, sino también de habilidad e inteligencia en el manejo del lenguaje.

No es el caso tampoco de discutir las formas de utilización de la inteligencia, el espacio que el desarrollo del lenguaje abrió para la mentira y para el uso de argumentos falsos en defensa de los propios intereses. El hecho es que las organizaciones sociales se han ido tornando más complejas y sometidas a reglamentaciones cada vez más sofisticadas en lo que concierne a la producción y distribución de los bienes que eran capaces de generar y también en lo que se refiere a la jerarquización de los papeles y poderes dentro de cada grupo. Pienso que los poderosos siempre han establecido normas de conducta que todos debían seguir – casi siempre ellos mismos eran las únicas excepciones, los que no tenían por qué respetar las reglas que ellos mismos establecían. La mayoría de las personas respetaba – y aún hoy respeta – las reglas por miedo a las represalias a que podrían estar sujetas. Tales reglas van desde cosas importantes, ligadas a la preservación del grupo, hasta la constitución de normas elementales e irrelevantes. Las más importantes son punidas de forma severa, que puede ser incluso la condena a muerte. Las más irrelevantes serán objeto de ironías y escarnio por parte de las otras personas, lo cual es increíblemente coercitivo y humillante para la gran mayoría de la gente. Así, por miedo al rechazo “de los demás”, obedecemos a normas innecesarias – que reglamentan asuntos privados y fútiles – que nos vienen impuestas desde fuera y con las cuales muchas veces no estamos de acuerdo.

Está así constituido el tercer brazo autónomo que interfiere en el modo en como sentimos, pensamos y procedemos: vivimos y dependemos de la sociedad, el conjunto de las personas con que compartimos un espacio, una misma lengua y por las que nos sentimos obligados a respetar las costumbres y usos sin siquiera cuestionarnos de qué manera han sido constituidos. El medio social interfiere incluso en el modo como pensamos e imaginamos, especialmente en una sociedad como la actual, increíblemente diferenciada y rica en estrategias de interferencia sobre nuestra subjetividad. Nunca la sociedad ha influido tanto en el alma como en esta era de la cultura de masas que hemos vivido en los últimos 100 años. El cine, la televisión y principalmente la publicidad definen muchos de nuestros puntos de vista, gustos e incluso aspiraciones y fantasías. Imaginamos tal como nos enseñan a hacerlo. Soñamos con lo que nos mandan soñar.

Hemos estado muy preocupados con nuestros mecanismos neurológicos y con la influencia de la química cerebral sobre nuestros actos y pensamientos. Deberíamos estar mucho más atentos a las influencias que nos llegan desde fuera de la sociedad. Bajo la apariencia de una libertad máxima, nunca hemos sido tan explícitamente estereotipados, domesticados y manipulados. Está claro que todo esto nos deprime, hace daño a nuestra alma. ¡El alma, pobre infeliz, ha quedado exprimida entre una sociedad opresora y un estado químico cerebral de carácter esencialmente depresivo! He aquí el ser humano, un ser bío-psico-social. Hoy en día es esencialmente un ser social, víctima de un ordenamiento económico opresivo y lleno de mandamientos casi imposibles de cumplir. Es un ser también biológico, deprimido, angustiado e insomne por fuerza de una masacre social inusitada e insoportable. Un ser cuya psicología está sumergida e inoperante.

Un aspecto que merece breve mención es el resurgir de corrientes evolucionistas, aquellas que pretenden explicar nuestro comportamiento en función de adquisiciones, impresas en nuestra carga genética, que habríamos llevado a cabo a lo largo de los millones de años de la evolución de las especies, y que son relativas a nuestra preservación. Éstas, por lo regular, confirman comportamientos que la sociedad acepta. Por ejemplo, los hombres tenderían a ser más promiscuos sexualmente que las mujeres, a fin de que el mayor número de ellas fuesen fecundadas y así la especie tendría más posibilidades de sobrevivir. Pienso que somos mucho más sofisticados que eso. Sólo podemos creer en puntos de vista de ese tipo porque hemos vivido una fase en que nuestra vida psicológica está dramáticamente atrofiada. ¡En épocas “normales” nuestros puntos de vista nuestras reflexiones influyen bastante más que nuestros genes! Eso, si estos de hecho contienen informaciones así de irrelevantes. Lo que más aflige en posicionamientos “científicos” de ese tipo es que tienden a dar validez “biológica” a muchos aspectos de nuestra vida social. Al minimizar la importancia del alma como posible factor de influencia sobre la constitución de estructuras sociales más razonables, están despreciando una de nuestras adquisiciones más sofisticadas, como es la capacidad de construir y aplicar un código moral en el cual la justicia pueda prevalecer. En otras palabras, construir una sociedad administrada por el alma y no un simple fruto de nuestra biología.

Es evidente, pues, que en una fase como la actual ni siquiera consigamos usar la palabra “alma” a no ser con cierto encogimiento. Ella parece de veras no existir, ya que nuestra vida íntima está totalmente perjudicada. El empeño urgente tiene que ser en el sentido de rescatarla. La preocupación excesiva y el énfasis exagerado que ha venido dándose a la neurociencia está, de hecho, a servicio de la preservación de la influencia máxima de la sociedad, ya que distrae nuestra atención y mitiga, a través de nuevos fármacos, los efectos nocivos que hemos venido sufriendo por fuerza de ese desgobierno.

Es difícil, en una frase, definir qué sería rescatar el alma. Pero si tuviese que hacerlo, diría que lo esencial es que consigamos ponernos frente a frente con nuestra soledad, con el hecho, hoy casi totalmente olvidado, de que somos criaturas únicas. Tenemos pavor a la soledad, a la introversión, al recogimiento. Hemos sido adiestrados para convivir todo el tiempo – de forma real o virtual -, a no pensar por nuestra propia cuenta y principalmente a no desarrollar ideas originales ya que éstas podrían llevarnos a la poco confortable condición de rechazados y humillados. No en vano el pensamiento creativo está atrofiado incluso en los sectores que siempre han sido resistidores a la presión de la sociedad: ni siquiera nuestros jóvenes, y tampoco nuestros artistas vienen siendo capaces de producir algo nuevo.

El rescate del alma pasa por el ejercicio salubre de nuestra individualidad. Ejercicio salubre significa ejercicio moralmente justo. El individualismo que no es egoísmo consiste en el ejercicio respetuoso de nuestros propios derechos y también de los derechos que se deben a los demás. El alma, cuando está en actividad, es única. Somos bastante parecidos en cuanto seres biológicos, pese a que, incluso en este aspecto, tenemos nuestras peculiaridades. Tendemos a hacernos muy parecidos unos a otros en función de haber todos resistido muy mal al poderoso masacre social para homogeneizar cabezas, gustos, ideas e incluso sueños. Volveremos a tener identidad – o sea, volveremos a tener alma y a ser unos seres psicológicos – cuando seamos capaces de librarnos de lo que somos hoy: tan sólo seres bio-sociales.

Traducción: Teresa

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