Educar es preparar para la vida

– Superprotegiendo a los hijos, impedimos que ellos desarrollen los medios necesarios para mantenerse sobre sus propias piernas.

Una de las películas más bonitas y conmovedoras de los últimos años es Cinema Paradiso, que ha ganado el Oscar de Mejor Película Extranjera. Fue un gran éxito de taquilla en muchos países y también en el nuestro. Casi todas las personas que conozco han llorado en algunas partes de la película. La escena que ha provocado lágrimas al mayor número de espectadores es aquella en la que el viejo, que es el padre espiritual y sentimental del muchacho, que le ha enseñado casi todo cuanto sabía de la vida hasta entonces, le dice que se prepare para partir del villorrio rumbo a la gran ciudad: “Ve y no mires atrás; no vuelvas ni aunque yo te llame”. El padre manda marcharse al hijo adorado y le “ordena” que vaya en busca de su camino, de su destino, de sus ideales.

En ese momento, ya no fui capaz de contener las lágrimas, cosa que intentaba hacer hasta entonces por respeto a ese esfuerzo que hacen los hombres para no llorar – y que es absolutamente ridículo. Recordé mi historia personal y lamenté, con enorme tristeza, que yo jamás hubiese escuchado cosa parecida. Parece que yo hubiese nacido esencialmente para realizar tareas que fuesen de la conveniencia de mis padres. Ellos jamás me han estimulado a salir de junto a ellos, aunque pudiesen considerar que partir sería bueno para mí. Lo consideraban intelectualmente; pero, como eso era para ellos inconveniente y doloroso, optaban por imponerme lo que era mejor para ellos.

Antiguamente eso se hacía de manera abierta y frontal. Los padres, en ciertas culturas, llegaban incluso a escoger a algún hijo – especialmente hija – que les sirviese de compañía y amparo en la vejez. Esa criatura no debería casarse ni tener cualquier tipo de vida propia; sería la “enfermera” y “sirvienta” de los padres en sus últimos años. La mayor parte de las familias, esto hace 40, 50 años, no actuaba así tan directamente. Pero jamás estimularían a todos los hijos para que fuesen a estudiar en otras ciudades. Algunos podían – y debían – ir; otros tenían que quedarse para dar continuidad a los negocios de los padres y para velar por ellos. El hijo era, en cierto modo, una propiedad de los padres y su destino era el que fuese decidido por ellos. Y las decisiones se tomaban esencialmente en función de las conveniencias prácticas – materiales y de confort físico – de los patriarcas. Los aspectos emocionales de la vida existían, claro está, pero sumergidos e invisibles, colocados por debajo de las cuestiones prácticas de todo tipo. No eran relevantes a la hora de las decisiones. Si un hijo era escogido para ser cura, a nadie interesaban sus reclamaciones de que ese no era el destino que había soñado para sí y que eso le haría infeliz. ¡Ser infeliz no era un argumento fuerte!

Tenemos la impresión de que esos tiempos ya se han ido y que hoy día las cosas son muy distintas. Parece que ahora nosotros actuamos respetando la voluntad de nuestros hijos y que ellos puede hacer de sus vidas lo que deseen. ¿Será cierto? No es esa mi impresión. Es evidente que hay grandes avances. Chicos y chicas son más libres para escoger sus profesiones; son más libres para elegir sus parejas, para casarse o no – esto en términos, pues una hija soltera con más de 25 años todavía preocupa, y mucho, a sus padres. Pocos son los padres que, hoy día, tienen el coraje de interferir frontalmente en el destino de sus hijos. Esto, claro está, siempre que ellos se comporten dentro de los límites, estrechos en muchos casos, de las pautas de conducta más usuales. Hijos que deciden ser actores, bailarines, músicos, etc., tropiezan con grandes obstáculos familiares. Lo mismo ocurre con los homosexuales que, hasta hoy, esconden sus prácticas a la familia.

Ahora bien, la forma más sórdida y maldosa que existe de dominación es aquella que se enmascara, que se traviste de gran amor y superprotección. La criatura – y después el joven – se ve tan rodeada de mimos que no desarrolla los medios necesarios para mantenerse sobre sus propias piernas. Es evidente que, de esa forma, jamás podrá partir para lejos de los padres. Ha sido llevada en brazos todo el tiempo y sus piernas han quedado, por eso mismo, atrofiadas. No puede andar por sus propios medios y será dependiente de la familia por toda la vida. Padres débiles e inseguros hacen esto porque, en la realidad, quieren a los hijos cerca de ellos, exactamente como se hacía en el pasado. Quieren a los hijos por cerca, para dar sabor y sentido a sus vidas pobres y vacías. Quieren a sus hijos sin alas e incapaces de volar por cuenta propia. No han preparado a sus descendientes para volar sus propios vuelos y buscar su lugar en la tierra. En nombre del amor – lo cual es mentira – han generado un parásito, una criatura dependiente. La cosa es más grave de lo que era en el pasado: antes al individuo se le prohibía partir. Hoy, se le permite que parta, pero ¡él no tiene piernas para eso!

Traducción: Teresa

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