El amor como medio, no como fin

– Es hora de que el ideal romántico del amor que se basta en sí mismo (por eso no dura), sea sustituido por una relación que aporte crecimiento individual.

Hay algo equivocado en la forma como hemos venido viviendo nuestras relaciones amorosas. Eso es fácil de constatar, pues se ha sufrido mucho por amor. Si lo que anda bien tiene que hacernos felices, el sufrimiento tan sólo puede significar que seguimos un rumbo equivocado. Desde pequeños hemos aprendido que el amor no debe ser objeto de reflexión ni de comprensión racional; que debe ser apenas vivenciado, como una magia fascinante que nos hace sentir completos y amparados cuando estamos al lado de aquella persona que se ha vuelto única y especial. Hemos aprendido que la magia del amor no puede ser perturbada por la razón; que debemos evitar ese tipo de “contaminación” para poder disfrutar integralmente las delicias de esa emoción – lo que pasa es que no nos ha dado buen resultado. Intentemos, entonces, el camino inverso: pensemos sobre el tema con sinceridad y coraje. Conclusiones nuevas, quién sabe, nos proporcionen mejores resultados.

Detengámonos en apenas una de las ideas que gobiernan nuestro punto de vista sobre el amor. Imaginamos siempre que un buen vínculo afectivo significa el fin de todos nuestros problemas. Nuestro ideal romántico es así: dos personas se encuentran, se encantan la una con la otra, componen un fuerte vínculo, de gran dependencia, se sienten colmadas y completas y sueñan en dejar todo lo que hacen para refugiarse en algún oasis y vivir enteramente la una para la otra, disfrutando de la confortación de haber encontrado su “media naranja”. Nada parece faltarles. Todo aquello a que antes daban valor – dinero, apariencia física, trabajo, posición social, etc. – parece no tener ya la menor importancia. Todo cuanto no concierne al amor se transforma en banalidad, algo superfluo que ahora puede ser descartado sin el menor problema.

Sabemos que quien ha querido llevar esas fantasías a la vida práctica ha salido malparado. Con el paso del tiempo se percibe que una vida reclusa, sin nuevos estímulos, dedicada solamente a la relación amorosa, pronto se vuelve tediosa y aburrida. Podemos soñar con el paraíso perdido o con el regreso al útero, pero no podemos escapar al hecho de que estamos habituados a vivir con ciertos riesgos, ciertos desafíos. Sabemos que éstos nos ponen en alerta y nos intrigan; que nos hacen mucho bien.

En cierta forma, la realización del ideal romántico corresponde a la negación de la vida. Visto desde ese ángulo, el amor es la anti-vida, pues en su nombre abandonamos todo cuanto hasta entonces era nuestra vida. En un primer momento, incluso puede parecernos que el canje que hacemos es bueno, pero rápidamente nos disgustamos con el vacío dejado por esa renuncia a la vida. A partir de ahí, empieza la irritación con el ser amado, entendido ahora como el causante del tedio, como una persona poco creativa y aburrida. El resultado, todos lo conocemos: la pareja rompe y cada cual vuelve a su vida anterior, llevando consigo la impresión de quiebra en sus ideales de vida.

Los enfermos consideran que la salud lo es todo. Los pobres imaginan que el dinero les traería toda la felicidad soñada. Los carentes – es decir, todos nosotros – consideramos que el amor es la magia que da significado a la vida. Lo que nos falta aparece siempre idealizado, como el elixir de la larga vida y la eterna felicidad.

Diariamente, empero, la realidad nos muestra que las cosas no son así, y me parece importante que aprendamos con ella. Nuestras concepciones tienen que basarse en hechos, nuestros proyectos tienen que estar de acuerdo con aquello que suele dar buen resultado en el mundo real. Las fantasías y sueños, contrariamente, tienen origen en procesos psíquicos ligados a recuerdos y frustraciones del pasado. Es importante que nos demos cuenta de que lo que podría ser una estupenda solución a los seis meses de edad, como retornar al útero materno, será ineficaz e intolerable a los 30 años. La bicicleta que no he tenido a los 7 años, por ejemplo, no podrá resolver ninguno de mis problemas actuales. Es preciso dejar de soñar con soluciones que ya no nos satisfacen y adaptar nuestros sueños a la realidad de la condición de vida adulta.

Si es verdad, entonces, que el amor nos llena de alegría, vitalidad y coraje – y eso nadie lo contesta – ¿por qué no encaminar esa nueva energía para activar todavía más los proyectos en que nos encontramos empeñados? Cuando amamos y nos sentimos amados por alguien a quien admiramos y valoramos, nuestra auto-estima crece, nos sentimos dignos y fuertes. Nos volvemos osados y capaces de intentar cosas nuevas, tanto en relación al mundo exterior como en la comprensión de nuestra subjetividad. En vez de ser un fin en sí mismo, el amor debería funcionar como un medio para el perfeccionamiento individual, curándonos de las frustraciones del pasado e impulsándonos hacia el futuro. Las parejas que consiguen vivirlo de esta manera crecen y evolucionan, y bajo esa condición su amor se renueva y revitaliza.

Traducción: Teresa

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