El amor ¿es sólo para gente joven?

Siempre que una persona de más edad se enamora, suele hablar así: “¡estoy como un adolescente!” Parece que, de repente, sentirse encantado por alguien es signo de inmadurez emocional. Es como si, con la edad, tuviésemos que perder el entusiasmo y desapareciese la capacidad de sorprendernos con cualquier cosa o persona.

Afortunadamente esto no es verdad; al menos para un buen número de criaturas que conservan inquietudes intelectuales y gusto por conocer personas. Para esas, todo es posible y a cualquier edad. De repente, encuentran – o reencuentran – a alguien en el que reconocen casi de inmediato una enorme gama de afinidades: semejanzas de carácter, de gustos e intereses, de estilos de vida e incluso de proyectos, de aquello que todavía les gustaría vivir y conocer.

Lo curioso es que el encantamiento amoroso que deriva de este tipo de ensamblaje – más intelectual que físico, aunque éste no queda excluido – suele venir acompañado de un gran miedo. A este miedo, relacionado con la sensación de que cosas malas pueden sucedernos precisamente cuando estamos muy bien, lo denomino miedo a la felicidad. El amor de buena calidad, aquel que está basado en afinidades (acontecimiento más frecuente entre personas más vividas), viene asociado al miedo a la felicidad, lo cual provoca aquellas palpitaciones sufridas y deliciosas, la inseguridad y la incertidumbre acerca de la continuidad de la relación, el pavor de que obstáculos externos vengan a perturbar el pleno encuentro.

La pasión es eso: ¡amor + miedo! Sucede a cualquier edad y siempre con los mismos síntomas: pérdida del apetito, sueño tumultuado, sensación de estar viviendo una situación extraordinaria, maravillosa y profundamente amenazadora. Las personas están aéreas y desatentas a las cosas prácticas de lo cotidiano; el trabajo, el dinero, los demás, todo pierde un poco de su importancia e interés y tal vez por eso parezca cosa de adolescentes. Pero no es nada de eso. Es cosa de quien está encantado y se muere de miedo de perder a aquel compañero que, de repente, parece haberle dado un nuevo sentido a la vida.

Aquellas pocas personas que no huyen por miedo al amor experimentan cierto apaciguamiento con el pasar de los meses de convivencia. Siente de forma cada vez más clara lo que se deriva de convivir con una persona muy amada, como es la sensación de paz y protección cercana que nos encanta en cualquier fase de la vida.

No tengo la menor duda de que la cuestión del amor está muy mal formulada en nuestras mentes. Para mí es un impulso totalmente separado del sexo, de modo que no creo que debamos pensar en pasión cuando un hombre mayor se encanta con una jovencita – y viceversa. Ahí lo que está en juego es más que nada la vanidad y el deseo de reinventar una exhuberancia sexual que la edad tiende a hacer menguar – y que aparece como inaceptable para tanta gente. Las grandes diferencias de edad no suelen favorecer un buen acoplamiento a no ser en casos excepcionales.

Todo cuanto hemos conseguido saber acerca de lo que sea envejecer bien, es que está extremadamente favorecido por la presencia de un vínculo amoroso de buena calidad – que se funda, repito, en afinidades que generan intimidad protectora, compañerismo y comprensión recíproca. Las parejas que viven en concordia suelen dar menos importancia a las limitaciones físicas de todo orden que aumentan con el paso de los años. Tienden a vivir más y mejor. Deberíamos, pues, estar siempre abiertos a las posibilidades afectivas que vengan a aportarnos las alegrías y la confortación que sólo el amor puede darnos.

Traducción: Teresa

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