El cobarde ¿es siempre un débil?

Uno de nuestros hábitos: usar palabras sin conocer con precisión sus significados, o cuando menos sin nunca habernos detenido en reflexiones acerca de toda la extensión de los fenómenos que ellas representan. Veamos, por ejemplo, qué es cobardía.

La debilidad es lo contrario del coraje, que es una virtud. Sobre el coraje hablaremos en otra oportunidad. Del sentido común extraemos la idea de que el cobarde es una persona que evita situaciones de violencia, especialmente de violencia física, por tener mucho miedo; miedo de llevar las de perder, de ser zurrado.

En general, son hombres que han tenido una infancia bastante atribulada. Eran niños más débiles. Lloraban con más facilidad de lo que es habitual en los niños. En las peleas, las llevaban siempre. Eran, todo el tiempo, objeto de chacotas y ridiculizaciones infundadas; el chivo expiatorio y el punto de descarga de cualquier irritación o agresividad del grupo. Se avergonzaban mucho por no tener condiciones para devolver la agresión.

La observación más detenida muestra que muchos de estos individuos son criaturas extremadamente sensibles, muy emotivas, y que, a pesar de haber pasado por todo lo que hemos mencionado en el período de la infancia, son increíblemente preocupadas por el bienestar de los demás. Son personas que tienen una dificultad enorme en causar daño a otros, especialmente a aquellos que están en situación de inferioridad. En virtud de esta dificultad, prefieren muchas veces cargar con perjuicios para sí mismos en vez de tomar actitudes agresivas, aunque sea en defensa de sus derechos. Prefieren sufrir, antes que hacer sufrir a otras personas. Cuando, involuntariamente, hacen sufrir a alguien, se sienten muy mal.

De ahí, otra definición: el cobarde es el individuo que tiene miedo de golpear, y no de ser golpeado!

En efecto, sería difícil entender la cobardía como miedo a ser zurrado, pues lo que sucede con más frecuencia en la vida de un cobarde es exactamente esto, que por fuerza de su falta de capacidad para devolver los golpes, los que le rodean se aprovechan de eso para agresiones continuas e innecesarias. Y, por tanto, el cobarde es el que siempre las lleva. ¿Será, entonces, la cobardía un defecto de carácter? ¿Será de veras lo opuesto al coraje?

Son múltiples las hipótesis que podríamos aventar para esta dificultad de actuar agresivamente, como en condiciones socialmente no sólo aceptables, sino exigidas: excesiva sensibilidad y preocupación en nunca hacer daño a terceros porque esto despierta increíbles sentimientos de culpa; miedo de la propia agresividad, sentida en lo profundo como muy intensa; educación altamente represiva del impulso agresivo, de manera que no se consigue ejercerlo ni siquiera cuando se desea, etc.

Esta última hipótesis seguramente es la que encontrará mayor número de adeptos, pues nuestra cultura definitivamente entiende al hombre como un animal malvado, agresivo. Todos aquellos que no cumplan este modelo están en cierta manera enfermos. Los propios individuos cobardes se entienden así, o sea, se colocan como enfermos. Se quejan de su condición y muchas veces buscan ayuda para ver si consiguen modificarse. En la gran mayor parte de las veces se observa que no sólo no se modifican, sino que, en realidad, no querían absolutamente modificarse.

Yo prefiero entender la baja capacidad de reaccionar agresivamente aún cuando hay provocación, como el resultado de agudas e intensas sensibilidades y preocupación para con los semejantes. Son, muchas veces, personas energéticas, activas y que, cuando movidas por ideas humanistas verdaderamente convincentes para ellas, adquieren enorme capacidad de acción en defensa de estos ideales.

Traducción: Teresa

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