El discurso de la separación amorosa

Uno de los sentimientos más comunes después de una separación amorosa es la enorme curiosidad en relación al destino del otro. Incluso el miembro de la pareja que ha tomado la iniciativa hará todo lo que pueda para saber cómo lo está pasando el abandonado. Ese interés raras veces resulta de una genuina solidaridad. Proviene, en la mayoría de los casos, de una situación ambivalente que recuerda el mecanismo del balancín. Por un lado, ver el sufrimiento de una persona tan íntima nos deja tristes; por otro, satisface la vanidad. En cierto sentido, es gratificante saber que el ex compañero vive mal lejos de nosotros y ha sufrido perjuicios con la separación. Ese aspecto menos noble de la personalidad humana, infelizmente, suele predominar.

Si el otro se está recuperando con rapidez, si busca nuevas compañías, mostrándose a gusto en la condición de descasado, eso nos sorprende y deprime. Percibimos que no somos tan indispensables como habíamos creído. Nuestro orgullo, entonces, se ve dañado, pues necesitamos sentirnos importantes, necesitamos saber que nuestra ausencia provoca dolor. Si el otro está feliz, dudamos de nosotros mismos, y eso desgasta. “¿Cómo es posible que alguien se adapte en la vida más rápidamente que yo?”, indagamos, y la certeza de que semejante absurdo ha sucedido nos deja tristes. Muchas personas confunden esa tristeza con amor. ¿Será cierto que todavía estamos enamorados? ¿Habrá sido precipitada la separación? Puede incluso ser. Pero el ingrediente principal de nuestras emociones es la vanidad, el orgullo herido. A veces, procuramos disimular ese sentimiento menos noble, escondiéndolo detrás de un inesperado dolor de amor. Es una manera de negar pensamientos que no nos gustaría tener.

Lógicamente, el proceso es más acentuado por lo menos al principio, cuando no hemos tomado nosotros la iniciativa de la separación. En ese caso, la “sed de venganza” suele ser explícita. Hacemos votos para que el otro sólo tenga relaciones afectivas desastrosas. Deseamos incluso su ruina profesional. El objetivo de esa actitud es rescatar la auto-estima. El hecho de que todo le salga mal a la ex pareja será la prueba definitiva de la influencia positiva que ejercíamos en su vida. Su felicidad, en cambio, nos disminuirá. Es como si, a partir de la separación, fuese necesario encontrar un culpable para el fracaso de la relación.

Sin embargo, ese mecanismo de comparación también es fuerte en los que han decidido separarse porque se han enamorado de otra persona. Aquí entra en juego otro tipo de venganza. Si alguien se ha sentido, a lo largo de los años en común, agredido, humillado, rechazado, ahora es el momento de dar la vuelta a la situación, y sin apenas esfuerzo: apenas esperando que el destino haga justicia y el opresor se transforme en oprimido.

No sirve de nada pensar que nunca habremos de tener pensamientos tan mezquinos. Todos nosotros, en ciertas circunstancias, estamos sujetos a emociones que consideramos negativas e indignas. Éstas se mezclan con las más nobles y forman una amalgama extremadamente compleja. Amor, orgullo herido, deseo de venganza… Es difícil evaluar el peso de cada uno de esos ingredientes. Es más, la diversificación de sentimientos también está presente durante la vida conyugal, cuando uno de los compañeros rehúsa agradar al otro tan sólo para no sentirse subyugado o disminuido. El rechazo sexual, por ejemplo, puede ser vengado con la humillación financiera o viceversa. A la hora del divorcio todos esos procesos se exacerban. Generan el balancín: cuando la autoestima de uno sube, baja la del otro. No basta ser feliz; es preciso que el otro no lo sea. El balancín puede perdurar por varios años e incluso durante toda la vida.

Traducción: Teresa

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