El hombre y las reglas sociales

Más difícil aún que aceptar el desamparo de la condición humana, es depararnos con nuestra insignificancia cósmica. Somos un modesto animal – pese a disponer de un cerebro de razonable competencia, para algunos asuntos es bastante inferior de lo que suponemos – que habita un modesto planeta de uno de los billones de sistemas solares. Y es evidente que nuestra vanidad queda bastante ofendida con estas constataciones: basta ver la reacción de hostilidad desencadenad hacia seres como Galileo y Darwin, que nada más han hecho que mostrarnos algunos aspectos de nuestra insignificancia. En realidad, no nos gusta siguiera pensar en asuntos de ese tipo: sabemos que es verdad, pero tratamos de cambiar nuestra atención lo más rápidamente posible para la realidad concreta que nos rodea, para así distraernos de estas cosas dolorosas y generadoras de desesperación y miedo.

La insignificancia cósmica ofende a la vanidad humana, de modo que considero posible que esto se convierta en un refuerzo todavía mayor en el sentido de que el individuo trate de obtener el destaque social, sentirse importante y significante cuando menos por comparación con otros hombres. Considero también que esto explica una correlación, para mi bastante evidente, entre vanidad e inteligencia: o sea, cuanto más lúcido de la condición humana (y esto se deriva de la inteligencia), más frustrado queda el individuo y más busca remedio para su dolor en el destaque social. Al sentirse más importante (y esto no siempre tiene algo que ver con ser más útil, más constructivo) la persona se siente menos frustrada; y se siente importante porque es reconocida por otras personas, admirada y envidiada por ellas.

No es difícil percibir cómo esta peculiaridad de la psicología humana puede ser otro importante factor más para la determinación de los grupos sociales tal como los conocemos. Algunos se destacan defendiendo las reglas del juego establecido; son los gobernantes, los que detentan el poder; son reverenciados, tendrán estatuas después de muertos, serán nombre de calle; no son tan insignificantes, cuando menos a primera vista, como la gran masa de la población, que será recordada apenas por los familiares ( y aún así, por muy poco tiempo). Se sentirán tanto más insignificantes cuanto más adeptos tengan, personas que piensan como ellos, que obedezcan a lo que dicen y que les sigan: inversamente se sentirán brutalmente ofendidos con las oposiciones que se les hagan, pues estos son seres que también lidian mal con el desamparo (por eso han elegido el éxito según las reglas del juego existente, sin intentar modificarlas).

Otros buscan significarse de un modo más sofisticado, es decir, defendiendo puntos de vista más acordes con su sentido de justicia personal y social. Son personas que se oponen al orden social más igualitario: actúan, pero de una manera un poco “mesiánica”, poniéndose como salvadores de los oprimidos. Andan en busca, ante todo, de un sentido grandioso para sus vidas, cosa que sólo alcanzarán si son capaces de “salvar” a su pueblo. Se componen en grupos minoritarios y también tienden al autoritarismo, pues no toleran divergencias de opinión – cosa que bien demuestra la precaria construcción psicológica de estas personas.

Otros buscan salidas individuales, cosa bastante común en los de temperamento artístico. Poetas, pintores, filósofos de genio, músicos, buscan también el destaque social y significarse a través de obras que ellos pretenden eternas. No obstante, como regla, tienen vidas bastante extravagantes y suelen ser los seres más coherentes entre aquello que piensan y el modo como proceden (insisto en que coherencia no implica no cambiar de opinión; la conducta se va modificando juntamente con las nuevas ideas). Ejercen, por norma, sus vanidades físicas de modo más directo; viven en permanente trasgresión de las reglas sociales y llaman la atención a causa de esto. Despiertan la admiración y la envidia de las personas en general, que estarían encantadas de vivir de esa manera, pero no lo hacen porque no tienen coraje.

Traducción: Teresa

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