El lado Oscuro de la Palabra

Una de las más fascinantes adquisiciones de nuestra especie ha sido el lenguaje. Aun disponiendo de un cerebro competente y de la laringe, han sido necesarios varios milenios para que pudiésemos construir un conjunto de sonidos correspondientes a objetos, sus atributos y acciones. Más tarde, los sonidos han tenido que transformarse en algún tipo de signo, de desempeño – precursor de las palabras y, finalmente, de las letras que las componen. Lo que cada niño tarda pocos años en aprender, a nosotros nos ha costado mucho tiempo y sudor construir.

Establecido el lenguaje, hemos experimentado un período de grande y rápida evolución, que correspondió a los últimos 5 mil años de nuestra historia. La transferencia de informaciones de una generación a otra se ha puesto mucho más fácil debido a la existencia de la palabra, de modo que hemos venido acumulando conocimiento a una velocidad cada vez mayor. Como consecuencia, han surgido nuevos conceptos e ideas, y todo ello ha terminado por promover el progreso tecnológico de que tanto nos enorgullecemos. Nuestra memoria ha sido suficiente para almacenar todo el conjunto de datos necesarios para la evolución en cada sector de las actividades humanas. Esa característica de nuestro cerebro puede ser estimulada gracias al desarrollo del lenguaje, puesto que es por medio de las palabras como se fijan los hechos y los conceptos en el sistema nervioso.

La comunicación entre las personas también ha experimentado un gran avance. La narrativa literaria se ha vuelto cada vez más sofisticada. Sirviéndonos del lenguaje, sabemos expresar los más diversos estados del alma. Podemos hacer preguntas sobre las sensaciones del otro. Podemos conocer sus alegrías y el motivo de sus amarguras, de forma fácil y directa.

Desgraciadamente, parece que todo es un arma de doble filo. Hasta ahora, hemos hablado de las ventajas impresionantes que hemos obtenido con la adquisición del lenguaje. Pero existe también el lado negativo de ese proceso que nos ha permitido un uso más adecuado de la inteligencia. Por ejemplo, una persona, al percibir que será castigada si otras descubren determinado comportamiento suyo, podrá intentar ocultar el hecho por medio de las palabras. La mentira no deja de ser una utilización sofisticada de la inteligencia, pero también es un subproducto de ella por su carácter inmediatista. Puede ayudar momentáneamente. A medio y largo plazo, lleva al mentiroso a perderse, alejándolo de la realidad. Sí, porque él pasa a utilizar la razón de forma menos rigurosa y precisa. La mentira es “cosa de los espabilados”, de los que quieren obtener ventaja siempre. Nunca aproximará a alguien a la verdadera sabiduría y serenidad. A largo plazo, no hay como trampear en el juego de la vida.

El lenguaje se estableció y con él hemos encontrado los medios para una comunicación interpersonal extraordinariamente fácil y directa. Por otra parte, los seres humanos hemos aprendido a servirnos del lenguaje para alejar al interlocutor de la verdad. Por medio de la mentira, las palabras han adquirido peculiaridades muy negativas. Han pasado a ser utilizadas para que una persona consiga imponerse indebidamente sobre otra. La comunicación ha ido dando lugar al juego de poder, a la denominación, al deseo de engañar con el propósito de obtener ventajas. En vez de perseguir la verdad, la mayoría suele perseguir la victoria.

¿Cómo distinguir la verdad de la mentira? No siempre es sencillo. No siempre es posible hacer esa separación. Muchas veces, habremos de echar mano de nuestra sensibilidad para captar, en los gestos y en las actitudes del otro, sus intenciones. Aun así, vale la siguiente regla general: siempre que las palabras no estén de acuerdo con los hechos, prevalecen los hechos. Si un hombre dice a una mujer que la ama mucho y la maltrata todo el tiempo, consideramos el tratamiento y no la palabra. Hablar es fácil y, después de la invención de la mentira, sólo tiene valor cuando la palabra viene acompañada de actitudes que confirmen lo que se está diciendo.

Traducción: Teresa

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