El respeto para con el otro

La mayoría de las personas se dice respetuosa y no lo es en la práctica más elemental de la vida cotidiana, cuando su propio modo de hablar es permanentemente autoritario. Otras criaturas han aprendido a comportarse de modo más respetuoso; éstas parece que consiguen dialogar con personas que piensan de manera diferente, expresar ponderadamente sus argumentos y escuchar los de su interlocutor. Pero en su fuero interno se vuelven enojadizos (y esto a veces se trasluce) y sus diálogos interiores son siempre de desprecio por el modo de pensar del otro, al quien ve como burro o deshonesto. No es nada fácil admitir que alguien piense diferente de nosotros sin que esto nos irrite profundamente y todos nosotros sabemos que esto funciona así; podemos dejar que se desborde nuestra prepotencia o actuar de modo educado y político; pero es extremadamente difícil ser verdaderamente respetuoso.

Y no deja de ser sorprendente que una cosa así de sencilla sea tan difícil de conseguir como vivencia interior sincera y consistente; por este motivo no creo en las fórmulas fáciles y rápidas para el que pretenda ser libre. Es natural que la cuestión del respeto esté comprometida con profundos procesos emocionales – procesos de gran importancia para el equilibrio de la persona – pues en caso contrario ese obstáculo sería más fácil de superar. Una de las situaciones en que estos aspectos pueden muy bien ser observados es el seno de la vida familiar, principalmente en la relación amorosa hombre-mujer.

Cuando el marido se da cuenta de que la mujer no está de acuerdo con algún punto de vista suyo (sí, porque muchas veces él ni siquiera le da ocasión para que ella se lo manifieste) esto provoca en él una irritación descomunal. La mayoría de las veces, absolutamente desproporcionada a la magnitud de los hechos en cuestión. Él grita, trae a colación en la disputa otros datos de la vida íntima, hace discursos de persuasión, dice incluso que la mujer es burra y no entiende nada (¡y hay que ver con qué facilidad dicen esto los hombres!); se siente profundamente ofendido y puede permanecer varios días “de malas”.

La mujer lo acusa de machista, de prepotente y poco respetuoso – lo cual es verdad; no dice que él es burro – porque si no, las lleva – pero lo piensa; se siente igualmente ofendida e irritada no apenas por el comportamiento del marido – a pesar de que él muchas veces cree que se debe solamente a eso – sino porque la divergencia provoca en ella la misma sensación desagradable.

La dolorosa sensación que se deriva de la falta de coincidencia en los puntos de vista es la de abandono, de desamparo, de sentirse solo. Y esto se hace más evidente en las uniones amorosas justamente porque ellas existen como un importante atenuador de esta que es una de las peculiaridades de la condición humana. A fin de cuentas, las personas tienen uniones sentimentales justamente para no vivir el estado que se denomina soledad.

Cuando una opinión es divergente, retorna la dolorosa conciencia de que se está solo, y esto es vivido como una especie de traición por parte del otro, un abandono, una deslealtad; de la acusación al otro, se deriva la ira y la irritación dirigida hacia él; cosa más fácil de ser vivenciada que el desamparo, el estar solo.

Todos nosotros tenemos, como primera tendencia, sacar el dedo en ristre, acusando al otro de nuestros infortunios. Considero siempre muy importante que consigamos dar la vuelta al dedo hacia dentro y tratar de preguntarnos por qué tal actitud del otro ha tenido tanta repercusión sobre nosotros. En qué punto débil nuestro nos hemos sentido tocados y cómo hacer para perfeccionarnos, en lugar de intentar modificar al otro (lo cual, además de poco respetuoso, es siempre ineficaz).

La irritación es menor en relaciones menos importantes desde el punto de vista afectivo, pero existe igualmente. Y se da siempre de la misma manera; es decir, cuando existen diferencias de opinión.

Incluso cuando estamos leyendo un artículo del periódico o un libro, el proceso es similar: nos gustan los autores que piensan de modo parecido al nuestro y nos parece medio idiota el texto – y su autor – que contiene opiniones divergentes.

Así, nunca aprendemos nada nuevo, pues solamente leemos libros con los cuales estamos de acuerdo y cuyo contenido en cierto modo ya conocemos, o sea, sólo leemos los libros que no necesitamos leer. Los demás los quitamos de en medio, porque son “pesados” o idiotas…

Traducción: Teresa

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