Individualidad y agrupamiento

 Por no aguantar estar solo, el hombre se agrupa; y más, lo hace de manera rígida y poco inteligente, pues el principio es el mismo siempre: o la aceptación de las reglas establecidas o el fantasma del rechazo. Como esto es insoportable, no queda más que la alternativa de “acomodarse”. De nada sirve cambiar de grupo, pues los otros pueden tener reglas diferentes, pero tienen una en común, que es la de la aceptación de las reglas establecidas. La libertad individual se pierde y se sustituye por la agradable sensación de estar arropado, de formar parte de algo más grande que uno mismo.

El vivir integrado en un grupo es un importante atenuador del desamparo; sin embargo nos hace sentir otra cosa desagradable, que es la de ser tan sólo un miembro más del grupo, sin nada de particular y especial. Nos hace sentir insignificantes y sin expresión; sin destaque, y, por tanto, ofendidos en nuestra vanidad – que tiene qué ver con nuestra compleja sexualidad.

Queda constituido lo que tal vez sea el mayor de todos nuestros dilemas: queremos sentirnos parte de un todo mayor para percibirnos amparados, al mismo tiempo que deseamos llamar la atención, destacar. Por una parte, tenemos enorme tendencia a seguir las reglas, a componer y aceptar los hábitos de nuestro grupo social. Por otra, queremos ser extravagantes, destacar, ser únicos. Si actuamos conforme a nuestro punto de vista, escaparemos a las reglas y seremos gratificados en la vanidad tanto por nuestra coherencia como por la excentricidad; pero correremos el riesgo de ser criticados, mal vistos y rechazados por el grupo (cosa que de hecho sucede). Si actuamos de acuerdo con las reglas establecidas, nos sentimos como muertos vivos, sin la alegría y animación propias de los que se sienten envanecidos; pero estamos más protegidos, cobijados, menos amenazados.

La mayor parte de las personas que rompen con las reglas del grupo en que viven acaban por sentirse muy envanecidos – superiores – con ello, pero, por no soportar el abandono, componen nuevos grupos que tienden a ser igualmente reglamentados y rígidos. Cuando menos temporalmente experimentan las dos sensaciones al mismo tiempo, pues se sienten extravagantes y también parte de un nuevo grupo, siempre visto (por sus propios miembros) como superior, más elevado, más digno y más cercano a la “verdad absoluta”. En realidad, considero que la nueva solución es percibida como más gratificante exactamente por ser capaz de hacer que la persona experimente sus dos anhelos al mismo tiempo.

Aquellos que, por saberse débiles ante el desamparo, aceptan las reglas del grupo social en que viven, pasan a tener como objetivo principal la obtención del destaque, pues la verdad también tendrá que ser satisfecha. Claro que aquí la vanidad es el anhelo secundario, siendo lo principal el sentirse amparado; pero una vez alcanzado esto, aquélla se convierte en esencial. Y el principio es el de obtener destaque dentro de las reglas del juego establecidas, lo que suele implicar un enorme esfuerzo y trabajo, además de muchas sutiles transgresiones a las propias normas. De este modo, si lo que llama la atención es el éxito material, el individuo hará todo para ser de aquellos que se han destacado en ese campo, aunque esté acumulando bienes y dinero en cantidad muy superior a la que podrá un día gastar (lo cual, dicho sea de paso, es absolutamente ilógico; y más, no se torna más razonable al pensar que con ello se facilita la vida a los hijos, pues sabemos que con esto estamos haciendo de ellos criaturas débiles e incompetentes). El principio es el siguiente: no se critican las reglas del juego, que son aceptadas como válidas (lo cual da la sensación de estar integrado en el grupo). Se trata de ser de aquellos que consiguen, dentro de ellas, más que la mayoría, cosa gratificante para la vanidad.

Traducción: Teresa

Compartilhe!