La Agresividad en el Juego de la Conquista

Si observamos la correlación entre instinto sexual y agresividad, veremos que, muy frecuentemente ambos andan juntos. En general, los homosexuales masculinos se relacionan bien con las mujeres – a quienes no desean – y manifiestan hostilidad en relación con otros hombres, por quienes han sido eventualmente humillados. En el sadomasoquismo, es el dolor lo que determina la excitación. En dosis pequeñas, todos nos excitamos con un ingrediente más agresivo en la intimidad sexual con quien amamos.

Al reflexionar acerca de las dificultades de algunas personas para el juego de la conquista, he notado que, en éste, la agresividad también aparece con fuerza. A la hora de conquistar a alguien, los menos agresivos tienden a ser más tímidos y poco espontáneos. El mismo razonamiento vale para lo inverso: los hombres y las mujeres más hábiles en el ligue no presentan tanto miedo a lastimar o a ser lastimados. Conviven de manera más natural con la violencia propia de quien se siente eróticamente atraído – al menos en la fase inicial.

No tenemos conciencia de esa relación entre sexo y agresividad. Al fin y al cabo, nos han enseñado que el fenómeno amoroso se ejerce por medio del sexo. Si esto fuese verdad, no existirían las tradicionales cantadas en que los hombres se dicen enamorados únicamente por ser ese el camino más corto para llevar a las mujeres a la cama. Después, en una demostración de agresividad, las desprecian y rechazan. Los seductores más competentes son los que más rabia sienten contra el sexo femenino.

Desde hace veinte años vengo señalando la envidia que los hombres tienen de las mujeres. Sienten por ellas un fuerte deseo sexual desencadenado por el estímulo visual. Interpretan la falta de reciprocidad como rechazo e, inconscientemente, odian a las mujeres por ello. Como venganza, procuran despreciarlas. Frases como “la mujer es burra de veras” e innumerables otras ofensas, que se usan en el tráfico o como ingredientes de chistes, han sido creadas por hombres y expresan todo su resentimiento. Ese sentimiento de hostilidad, aunque no sea el único, es el gran responsable por el comportamiento machista.

Pero las mujeres no deben ser vistas como víctimas. En la infancia muchas niñas se frustran ante los privilegios que la sociedad reserva a los niños. Sublevadas contra su condición, se sirven del poder sensual con propósito agresivo al convertirse en adolescentes. Les encanta percibir el efecto que causan en los muchachos al desfilar con ropas provocativas. Sienten un sabor de victoria, de represalia, por despertar en ellos un deseo tan fuerte. Provocan, no siempre porque estén interesadas en el abordaje, sino porque desean humillar, vengarse de la condición de inferioridad vivida en la infancia. Alcanzan el objetivo con gran facilidad, pues los hombres se sienten deprimidos cuando son rechazados por tales beldades. Y se ponen más agresivos todavía.

Es por ese camino por donde se establece un dramático círculo vicioso – la guerra entre los sexos, en la que todos salen perdiendo. Nada es más urgente que encontrar el camino que podrá ayudar a desconectar la antigua y maléfica alianza entre el sexo y la agresividad humana.

Traducción: Teresa

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