La vanidad: interacción compleja entre biología y cultura

La vanidad corresponde a uno de los aspectos más intrigantes de nuestra biología. Nos excitamos sexualmente de diversas formas, siendo la más evidente la que tiene lugar mediante estímulos táctiles en las zonas erógenas. Éstas pueden ser tocadas por nuestra mano y también por cualquier parte del cuerpo del compañero con el cual estemos intercambiando caricias. Nos excitamos al imaginar determinadas situaciones y, principalmente en los hombres, al observar cuerpos que nos resultan atractivos. También sentimos cierta excitación difusa de naturaleza erótica al percibirnos como objeto de admiración, interés o deseo de otras personas. La excitación puede surgir de forma espontánea, especialmente durante los años de la infancia; a partir de cierto momento, pasamos a realizar esfuerzos activos para destacarnos, a fin de que la agradable sensación de excitación vuelva a manifestarse.

Las primeras manifestaciones espontáneas tienen lugar sobre los 5 o 6 años de edad: al recibir de regalo algún adorno especial (joya, reloj) nos sentimos poseídos por una sensación difusa agradabilísima. La sensación vuelve a producirse al exhibirnos ante cada nueva persona (quien deberá manifestar pasmo y encanto ante lo que ve). Al fenómeno natural, biológico (parte del instinto sexual, cuyas peculiaridades más íntimas desconocemos), se asocia una percepción racional: la criatura reconoce en aquella acción un placer, de modo que pasa a buscarlo activamente. Lo que sucedía de forma natural pasa ahora a ser buscado de manera deliberada e intencional.

Con la llegada de la pubertad nuestra sexualidad se exalta. Lo mismo sucede con el placer exhibicionista. Chicos y chicas se dan cuenta de que el placer exhibicionista es muy importante y está presente en casi todas las acciones de los adultos. Todos buscan algún tipo de destaque, siempre con objeto de atraer miradas de admiración, condición necesaria para que surja la excitación sexual difusa que recibe el nombre de vanidad. Las mujeres se visten de modo provocativo con la intención de atraer miradas de deseo de los hombres. Éstos practican deportes cada vez más, con el propósito de ser conformes a los patrones estéticos. Los patrones masculinos varían mucho más en función de la cultura: hace cien años alguna “barriga” era vista como signo de prosperidad (y fuente de admiración); hoy, la barriga es signo de dejadez e incluso de cierta condición socio-cultural inferior. Es relevante señalar que la belleza y sensualidad femeninas siempre han sido valoradas, al paso que los criterios de valoración masculina dependen mucho más del momento histórico que se considera.

Así, una manifestación aparentemente ingenua de nuestro instinto sexual se transforma en variable extraordinariamente importante para la construcción de todo tipo de orden social. Algunas personas nacen más bonitas, más inteligentes, con mayor habilidad para la danza, para la música, para la práctica de actividades deportivas. Aun sin esforzarse, llaman la atención de los demás y se destacan. Estas diferencias son innatas y no dependen de la época o de la sociedad que está siendo evaluada (a no ser en lo que concierne a los criterios de belleza). Son propias de nuestra biología. De entre aquellos que se reconocen poco dotados por la biología surgen algunos que se sublevan contra la falta de suerte. Harán cuanto puedan para intentar revertir la situación desfavorable a que les ha destinado la biología. Nace así la ambición, “hija” pródiga de la frustración por no sentirse lo suficientemente atractivos como para despertar miradas capaces de avivar la excitación difusa de la vanidad.

No es absurdo suponer que buena parte de lo que nosotros – los humanos – hemos construido, ha sido con el propósito de mejorar nuestra posición ante los ojos de los “otros” (y en especial del sexo opuesto). Nos valemos de todos los recursos disponibles con el objetivo de destacarnos, condición recompensada por la excitación erótica difusa. Los más exitosos, probablemente los más inteligentes, han generado un conjunto de conocimientos que se han desdoblado en modificaciones dramáticas en nuestro planeta y en las relaciones entre las personas. Han producido lo que denominamos cultura.

Traducción: Teresa

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