Las concesiones, una forma de evitar enojos

¿Qué lleva a muchos hombres (y mujeres) a aceptar las explicaciones del cónyuge que llega tarde del trabajo? ¿No sería más natural esperar que el compañero comprendiese nuestro cansancio y nos recibiese con cariño redoblado? ¿Por qué nos sentimos en la obligación de tomar parte en aquella comida de domingo con la familia si hubiésemos preferido ir al cine, despertar a las 2 de la tarde o encontrarnos con nuestros amigos? ¿Qué derecho tiene el novio a censurar a la novia el largo de su vestido? Y ¿por qué ella se aviene a cambiar la ropa, interpretando la implicancia de él como una prueba de amor?

La respuesta a todas estas preguntas es una sola: para evitar enojos con aquellos que amamos. Hacemos muchas cosas en contra de nuestra voluntad porque no tenemos coraje para cargar con las consecuencias de un enfrentamiento. Tememos los rechazos, las críticas directas, el enjuiciamiento moral. Tememos el abandono y la condenación a la soledad. Preferimos, entonces, catalogar esas pequeñas concesiones como pérdidas menores y seguimos la vida sin pensar mucho en ellas.

Sin embargo, a lo largo de los años, la suma de restricciones a nuestra modesta libertad cotidiana se transforma en un conjunto compacto de resentimiento y frustración, que acaba por deteriorar las relaciones.

Crecemos con la idea de que estar solo es doloroso, además de socialmente reprobable (¡intenta cenar desacompañada en un restaurante de moda!). Esa equivocación ha llevado a mucha gente a atarse a un matrimonio fallido o a un noviazgo enfermizo. Cuando la relación acaba y somos impelidos a vivir solos, tenemos la oportunidad de experimentar pequeños placeres solitarios: hacernos con el control del mando a distancia del televisor, dormir con tres mantas, ir al cine dos veces en un único domingo, poner aquel vestido tan escotado.

Muchas veces esa sola vivencia nos da la posibilidad de evaluar cuán duras eran las restricciones que aceptábamos pasivamente. El descubrimiento nos deja menos tolerantes ante las exigencias posesivas, celosas y por veces envidiosas impuestas por los vínculos afectivos habituales. Juntamente con el cambio viene la pregunta: “¿Me estaré volviendo egoísta?” No. Tenemos derecho a crear una rutina propia y diferente de la practicada por varios grupos familiares y sociales.

Cuando somos capaces de comprender el lado rico de estar solo, cuando perdemos el miedo de ponernos frente a frente con nuestra soledad, nos rebelamos contra muchas de las pequeñas y múltiples normas de convivencia. Entonces nos tornamos más libres, incluso para recomponer las bases de las relaciones que nos aprisionan. Las normas habrán de ajustarse a los nuevos tiempos, pasando a respetar más la individualidad recién adquirida y la libertad que viene juntamente con ella. Imposible abrir mano de tan placentera conquista.

Traducción: Teresa

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