Las varias caras de la Mentira

Hay un momento en la vida en que, gracias al dominio de mecanismos sofisticados de la inteligencia, aprendemos a mentir. Mentimos jugando con las palabras, conteniendo gestos, asumiendo posturas convenientes – y de las cuales discordamos – para aliviar tensiones. Intentamos ocultar aquel rasgo de nuestra personalidad que no nos agrada asumiendo una manera de ser más apropiada. Son tantas las posibilidades de escamotear la verdad que lo más prudente sería mirar al ser humano con total desconfianza – por lo menos hasta que no se demuestre lo contrario.

Aunque el sentir miedo e inseguridad forme parte de la naturaleza humana, fingimos que todo está bajo control y que nada nos inquieta, a fin de ocultar nuestra fragilidad. Dando por bueno lo que ven, los otros pasan a comportarse como si tampoco sintiesen miedo. Mienten para no parecer frágiles e inferiores ante aquellos que se juzgan fuertes.

En ese teatro diario, alimentamos el círculo vicioso del disimulo. Miento para impresionarte a ti, que me has impresionado mucho con aquel modo fingido de ser – pero que me ha parecido genuino. ¿No sería más fácil si todos admitiésemos que no somos súper-héroes y que no hay nada que nos proteja de las incertidumbres del futuro?

En general, quien no acepta su propio cuerpo evita playas y piscinas. Dice que no le gusta el sol, cuando, en verdad, sucede que no tiene estructura para mostrar públicamente aquello (la gordura, la delgadez o cualquier otra imperfección) que abomina. Es el mismo mecanismo utilizado por los tímidos, que no se entusiasman mucho por fiestas y locales públicos. En casa, no necesitan exponer su dificultad para relacionarse con desconocidos.

Nos da mucho miedo el sentirnos avergonzados, el ser blanco de ironías que hieren nuestra vanidad. Y para no correr ese riesgo, mucha gente se traslada de ciudad después de un descalabro financiero. ¡Es mejor ser pobre y fallido (y encontrar la paz necesaria para reconstruir la vida) donde nadie nos ha conocido ricos y afortunados!

Hasta aquí me he referido a las posturas de naturaleza defensiva, que sirven de armadura contra las burlas, las críticas y el enjuiciamiento ajeno. Existe, no obstante, un tipo perverso de falsedad: la premeditada. Personas dispuestas a que todo se les dé bien, suelen vender una imagen construida a medida para obtener ventaja.

Un hombre extrovertido y aparentemente seguro, independiente y fuerte, puede haber creado ese estereotipo tan sólo para cautivar a una pareja romántica. Después de conquistarla, se revela inseguro, dependiente y egoísta.

Mujeres sensuales pueden comportarse de manera provocante para despertar el deseo masculino – y sentirse superiores a los hombres. Venden una promesa de intimidad física alucinante que raramente cumplen, pues son, en general, las más reprimidas sexualmente. El señuelo erótico funciona como atajo para los objetivos de orden material que pretenden alcanzar.

Hay que señalar la superioridad moral de aquellos que mienten por debilidades, si se les compara con los que obtienen ventajas con su falsedad. El primer grupo podría distanciarse aún más del segundo si tomase conciencia de una verdad obvia y fácil de enfrentar: Aquel que me intimida es tan falible y frágil como yo. Y – nunca está de más recordarlo – para él, yo soy el otro, que tanto miedo le da.

Traducción: Teresa

Compartilhe!