Los futuros dominios de la mente

1. La psiquiatría es una especialidad médica fronteriza con la neurología, por un lado, y con la filosofía, por otro. Hemos estado muy ocupados con su contenido intrínseco, es decir, los conflictos derivados de eventuales experiencias traumáticas individuales, toda vez que el psicoanálisis ha sido el gran evento del siglo XX. Además de prevenirnos respecto de los dilemas personales, ha traído hasta el dominio de la ciencia algunas de las grandes cuestiones humanas, tales como el significado de los sueños y la existencia del inconsciente, los inexorables conflictos entre padres e hijos, la sexualidad y los problemas derivados de la necesidad de represión de este impulso para hacer viable la vida en sociedad, etc.

Creo que estamos acercándonos al final de ese tipo de reflexiones sobre nuestra condición. Pienso que los grandes conflictos existenciales, siempre tratados por la filosofía, adquirirán enorme volumen, toda vez que nuestros conflictos son ínfimos frente a temas como el del miedo a la muerte, la insignificancia cósmica de la condición humana, el desamparo físico y metafísico que nos envuelve, etc. La reflexión filosófica pasará a ser el centro, mientras que los eventuales conflictos individuales serán la periferia de aquello que se analizará en nuestra subjetividad. Exactamente lo opuesto de lo que hacemos hoy. Por otra parte, los avances de la neurofisiología y de la farmacología de ahí derivados, nos aportarán importantes refuerzos terapéuticos de naturaleza esencialmente orgánica. No sólo los cuadros depresivos y ansiosos podrán ser combatidos con eficiencia creciente, como también las anomalías de naturaleza alucinatoria, delirante, e incluso las relacionadas con la edad – entre las cuales resalta el perjuicio de la memoria. Cirugías cerebrales para tratamiento de síntomas específicos, relacionados no sólo con la epilepsia, se llevarán a cabo con frecuencia creciente. O sea, buena parte de lo que hoy constituye la psiquiatría se bandeará hacia la neurología. No es el caso, sin embargo, de que sobredimensionemos estos datos de previsión. El gran misterio de cómo logran las células cerebrales generar eso que llamamos pensamiento aún continuará sin desvendarse. La hipótesis de que algo inmaterial – el alma – haya penetrado en nosotros y se ejerza a través del sistema nervioso seguirá aventándose, puesto que es así más o menos como nos percibimos: portadores de un lado material y otro, el de la mente pensante, que parece totalmente separado del cuerpo.

2. Este sector aparentemente no material de nuestra actividad cerebral, el que se compone de percepciones externas e internas que alimentan el pensamiento, el raciocinio y la lógica, continuará siendo muy importante. Dos modificaciones son previsibles: la primera será en el sentido del perfeccionamiento del rigor lógico, hoy muy descuidado. Esto es grave, pues ha venido generando equívocos inadmisibles causadores de grandes sufrimientos. Cuando pensamos mal llegamos a conclusiones erróneas y somos incapaces de llevar adelante nuestros proyectos de vida. A éstos se transfieren nuestras equivocaciones racionales.

La otra modificación consistirá en la creciente importancia que asumirán los llamados fenómenos paranormales. Telepatía, premonición, materialización están entre los procesos psíquicos que indiscutiblemente existen, pero sin que tengamos la menor idea de los ingredientes que en ellos están contenidos. No creo que lleguemos a saber mucho acerca de ellos en las próximas décadas. Pero lograremos librarnos de esa forma simplista de pensar, que es la de que sólo existen las cosas de cuya explicación hemos conseguido apropiarnos. Siendo así, conviviremos con estos fenómenos, que formarán parte integrante de nuestra vida cotidiana. Podremos entrenarnos para la comunicación telepática con aquellas personas que nos interesen, podremos cambiar de lugar objetos, a través de la fuerza del pensamiento, podremos tomar más en serio nuestras previsiones acerca del futuro. Todo esto generará nuevos e imprevisibles avances y traerá también nuevos dolores, nuevas disputas y tal vez un nuevo tipo de poder; ello porque los “dones” paranormales no serán iguales entre los humanos.

3. Nuestra mente estará poblada de recuerdos de situaciones que efectivamente hemos vivenciado, con los pensamientos lógicos que hayamos sido capaces de construir y también con datos que nos han llegado por vía telepática. Llegarán procedentes de otras mentes. Podrán ser mentes iguales a las nuestras. Pero podrán ser de seres que habitan otros planetas en otros sistemas estelares. Es muy probable que existan seres extraterrenos y que lleguemos a comunicarnos con ellos en breve; y tal vez esto se dé exactamente por la vía telepática.

De la misma forma, no es imposible que seamos capaces de comunicarnos con los eventuales espíritus que por ventura nos rodean. No será fácil distinguir entre lo que sea imaginación, telepatía con terrenos, telepatía con extraterrenos y telepatía con eventuales espíritus. Es bastante probable que el pensamiento religioso sufra enormes modificaciones, de modo que serán poco convincentes los textos místicos tradicionales. Habrán de surgir nuevas doctrinas, que atraerán a las grandes multitudes. Éstas se encontrarán cada vez más disponibles para ello, toda vez que los nuevos procesos psíquicos de naturaleza paranormal nos darán la impresión de que estamos, nuevamente, cercados de brutales misterios y rodeados de magia y de espiritualidad.

4. El resurgir de esta visión mágica y mística de la vida traerá consigo varias consecuencias. Una de ellas será el final de la idea de que el pensamiento lógico es el único medio de llegar al conocimiento – y este tipo de pensar, cuando ejercido será, como he dicho, más riguroso. Se verá reforzado el pensamiento de tipo inductivo, más rico y creativo que la deducción. Las artes florecerán tras un largo período de aridez que ya está en curso.

Resultante de este tipo de visión más religiosa de la vida – y también como consecuencia de los procesos ligados a los límites energéticos y ecológicos del planeta – nuestra tendencia materialista actual sufrirá radical reversión. Las personas se apercibirán, de modo definitivo, de que los bienes materiales más allá de los indispensables no son capaces de aportar los beneficios sugeridos. La carrera consumista se acabará. Ser muy apegado a los bienes materiales volverá a ser contemplado como cosa fútil y menor. Es probable que un enfoque más claro de las cuestiones metafísicas y religiosas aportará a nuestros espíritus cierto tipo de alivio y serenidad que desconocemos. De esta forma, el trabajo cambiará también de connotación. Dejará de ser visto como la mayor virtud, como lo que de mejor tenemos para emplear nuestra inteligencia, ahora entretenida con la telepatía y los equipamientos electrónicos cada vez más sofisticados e interesantes. La automatización disminuirá cada vez más las oportunidades de trabajo en el mundo concreto que nos rodea. Es curioso prever que esto coincidirá con las alteraciones de nuestra subjetividad que también traerán un menor apego del hombre a las cosas materiales y al trabajo, que es el vehículo para su adquisición.

5. Muchos de los bienes producidos como resultado de los recientes avances tecnológicos están relacionados con el esparcimiento. Y más que esto, tienen que ver con entretenimientos individuales, solitarios. Los críos hoy ya se ocupan más con la televisión y con las computadoras que con los otros críos – e incluso con los padres. Este dato objetivo de nuestra nueva realidad es fundamental, pues finalmente nos permite una visión individual del ser humano. Siempre nos hemos visto como una parte de un todo mayor. En el amor romántico, éramos la “mitad” de la naranja. Siempre nos hemos sentido incompletos y esto nos ha impedido reconocernos como enteros, como unidad. Hemos aprendido a concebir la salvación como algo que vendría de fuera, del otro; es decir, que el individuo no se resuelve en si mismo. En un primer instante este individualismo creciente aparecía como algo nefasto, como un subproducto negativo, como un alto precio que estábamos pagando por nuestro progreso tecnológico. Con el paso de las décadas, podremos apreciar que estábamos muy equivocados. Percibiremos que el individualismo es, en primer lugar, nuestra verdad mayor. Esto nos llevará a una revisión definitiva del fenómeno amoroso tal como lo conocemos. La idea de fusión de dos criaturas para formar la unidad romántica será fácilmente relacionada con un anhelo regresivo relativo a nuestro origen – fusión de la madre y su feto. El amor adulto será respetuoso con los derechos y modo de ser de los individuos. Será algo cercano a lo que hoy denominamos amistad y mucho más gratificante de lo que imaginamos.

Percibiremos que el sexo es un fenómeno esencialmente individual y que las prácticas que envuelven intercambios de caricias no tienen la importancia que les atribuimos. Se convertirá en un acto sencillo y será practicado entre criaturas de sexo opuesto o del mismo sexo según los deseos de cada cual. Será visto como algo totalmente aislado del amor, pudiendo – o no – acoplarse a él. La igualdad en el modo de ser y de comportarse de hombres y mujeres será inevitable, salvadas apenas las diferencias que pertenecen a la biología. Viviremos la igualdad posible para criaturas desiguales. La vanidad, ingrediente importante de nuestra sexualidad que nos lleva a desear mucho el destaque y el exhibicionismo de todo tipo, será mejor entendida, de modo que quedará esencialmente relacionada a nuestras funciones corpóreas. La vanidad intelectual, que tanto daño ha podido hacer a nuestro modo de pensar, será despreciada y rechazada como el peor de los males. El control sobre esa vanidad nociva será otro ingrediente que, juntamente con la disminución del materialismo, tenderá a conducir a las personas en una dirección de menos disputa y más compañerismo. Los placeres intelectuales crecerán juntamente con la espiritualidad y el resurgir de las artes. Estará, en cambio, libre de ese dañino ingrediente de la vanidad.

6. Tal vez el cambio más inesperado y radical a que asistirán las décadas venideras será el relacionado con el pensamiento – y con la práctica moral. Vivimos bajo el dominio de un modo de pensar que atribuye a la generosidad el papel de virtud, siendo que el egoísmo es el vicio. Sabemos que la humanidad se divide esencialmente entre estos dos tipos, donde predomina una u otra de estas posturas. La proporción de las personas de esta o de aquella forma es más o menos la misma, distribuida igualmente entre los sexos. Los egoístas se alimentan de las dádivas de los generosos. Éstos se sienten mejores y superiores por ello. Los primeros se sienten más listos y un tanto humillados con su proceder, que es típico de los críos aún débiles y dependientes. En realidad, se compone una especie de recíproca dependencia, toda vez que los que se disponen a dar más de lo que reciben necesitan de tal auto-afirmación. Alianzas de este tipo se establecen en el amor y también en las relaciones profesionales.

Volveremos a pensar, como Aristóteles lo hizo hace 24 siglos, que la virtud está en la templanza, en el término medio. Cualquier desvío de aquella propiedad, tanto en dirección al exceso como a la escasez, será entendido como vicio igual. Generosidad y egoísmo son, pues, vicios complementarios. La virtud será el punto de justicia. Sólo los justos serán contemplados como portadores de un modo de ser equilibrado, en el cual no predomina ni la vanidad intelectual ni las debilidades operacionales. La desaparición de los generosos traerá como consecuencia inevitable el final de los egoístas; éstos no tendrán de quién ser parásito y tratarán de evolucionar. Finalmente desaparecerá este doble modo de comportarse y de pensar que hoy tanto nos confunde y nos impide educar a nuestros hijos. ¿Con cuál modelo se identificarán cuando el padre es de un modo y la madre de otro? Personas justas construirán familias donde la justicia prevalecerá, donde los privilegios indebidos no existirán. Personas justas construirán ambientes de trabajo donde ya no ocurrirá que unos hagan la mayor parte del esfuerzo y otros se lleven los laureles y las glorias. Personas justas no se dejan explotar. Exigen derechos iguales a los que atribuyen a los otros. No quieren más ni menos que lo que merecen. Personas justas construirán sociedades más justas, en las cuales las diferencias de talento definirán privilegios para unos, pero no a costa de la miseria de los menos dotados.

Hasta aquí el discurso parece el de un hombre de bien soñando con un mundo mejor, que podrá ocurrir o no. Lo que me deja fascinado es que considero que esto ocurrirá aunque no sea ese el deseo de quienes nos gobiernan; y más, ocurrirá independientemente de la voluntad de nuestros intelectuales y pensadores. Ocurrirá en virtud de las alteraciones en los procesos económicos mundiales y será simultáneo, pues tendrá lugar al mismo tiempo en todos los rincones del planeta. Ocurrirá no por la voluntad de los humanistas, sino a causa de los designios de las nuevas leyes de la economía. La “globalización” a que asistimos es proceso irreversible. La competencia entre empresas, países, modos de producción, tenderá a crecer cada vez más. ¿Qué ocurrirá dentro de las empresas? Tendrán que desarrollar un sistema de convivencia interno extremadamente competente y cooperativo para que puedan ser competitivas respecto de sus rivales. Ahora bien, el desarrollo de este ambiente cooperativo sólo será posible si los participantes de tal grupo de trabajo son justos. Si fuesen, como hoy, egoístas y generosos, vivirán a la greña, unos explotando y sintiéndose poco competentes para el trabajo efectivo mientras que otros se sentirán competentes y poco reconocidos por lo que hacen. La rivalidad y envidia recíprocas son las responsables por las tensiones y competencias internas que harán poco competitivas a las empresas así constituidas, que necesitan de toda la energía para la disputa externa.

Las empresas tendrán que ser como equipos de fútbol – o de cualquier otro deporte – en que el interés colectivo habrá de prevalecer sobre los obvios y fuertes intereses individuales. Las personas finalmente comprenderán que su éxito depende más que nada del éxito del grupo. Con esto surgirá, por necesidad y no por ideología o convicción, la placentera sensación de solidaridad y cooperación. Serán sentimientos que tenderán a establecerse porque son muy agradables. Las empresas despedirán a cuantos no se integren en este sistema cooperativo capaz de promover la máxima productividad para hacerlas victoriosas en las crecientes rivalidades del mercado internacional. Los egoístas tendrán que reformarse so pena de quedar sin trabajo. Los generosos ya no podrán ejercer sus peculiaridades porque no habrá personas diferentes de ellos en el ambiente de trabajo.

Poco a poco, y sin que nos apercibamos, todos nos habremos convertido en personas justas. Y esto ocurrirá por la vía más inesperada, es decir, la del establecimiento de un modo de vida de tal forma competitivo – derivado de las nuevas reglas de la economía mundial – en que ya no podremos sostener la antigua división entre generosos y egoístas.

Traducción: Teresa

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