Nuestras diferencias son mayores de lo que pensamos

Sé muy bien lo mucho que las diferencias provocan en nosotros sensaciones complejas y contradictorias. No toleramos bien las diferencias de opinión, especialmente las que proceden de personas con las cuales tenemos una relación afectiva, condición en la que nos sentimos abandonados, traicionados y solos otra vez. No toleramos convivir con personas diferentes porque ellas nos hacen sentir amenazados, temerosos. No conociendo el modo de ser que tienen, podemos siempre temer conductas que nos violenten. Intentamos dominar y controlar todo, así como a todos aquellos que no comprendemos, precisamente para no sentirnos abandonados ni amenazados.

Una de las defensas de que echamos mano ante las diferencias que se nos presentan como tan amenazadoras, consiste en minimizar su magnitud. O sea, nuestro esfuerzo se encamina a considerar la diferencia como menor de lo que efectivamente es. Esto es válido para las diferencias de todo tipo, pero principalmente para las que existen entre hombres y mujeres. El propio Freud había tenido gran dificultad en intentar imaginar lo femenino de una forma original. O sea, ha terminado por ver a la mujer como un hombre desprovisto de pene, un hombre a quien le falta algo. Consideraba también que el gran miedo de los hombres, principalmente en relación a las mujeres (miedo éste que existe de veras y que puede ser muy intenso), era el de ser castrado y quedar como ellas. Eso, en aquel tiempo, aparecía como una gran desgracia ya que la norma que jerarquizaba las diferencias era la de que el hombre era el superior, el completo, y la mujer, la inferior, mutilada y pasiva.

Cualquiera que no tenga la mente dogmática y que consiga pensar acerca del tema de una manera más libre y compatible con los acontecimientos actuales – increíblemente distintos de aquellos observados por Freud 100 años atrás – sabe que la condición femenina, si llega el caso de que tengamos que jerarquizar, habrá de ser vista como superior y no como inferior. Esto a ojos de los propios hombres que, o las endiosan, o se mueren de envidia de ellas (y por eso actúan de la manera agresiva propia del machismo). No creo que sea el caso de seguir esta ruta fatigosa e infructífera de intentar saber quién es el superior y quién el inferior. Somos lo suficientemente diferentes como para no poder ser objeto de comparación.

¡La verdad es que las pequeñas diferencias permiten las comparaciones y las clasificaciones en superior e inferior, mejor y peor, más esto o menos aquello! Las grandes diferencias no permiten siquiera la comparación y mucho menos la jerarquización. Los muy diferentes son solamente diferentes, y ya está.

Me parece cada vez más evidente que hombres y mujeres son muy distintos desde el punto de vista de aspectos biológicos esenciales. La diferencia de fuerza física, las diferencias en la naturaleza de la sexualidad, la importancia de la apariencia física, las variaciones hormonales, la posibilidad de generar una criatura, los definen, juntamente con enormes diferencias de carácter educacional (hoy día en proceso de atenuación) y determinan la aparición de dos tipos bastante diferentes de seres humanos.

Lo más complejo, a mi modo de ver, es que la propia ideología igualitaria que viene presidiendo la forma de pensar de hombres y mujeres a lo largo de los últimos 50 años, acaba por confundir todavía más a las mujeres. Ellas mismas ya no saben si deben encaminarse a encontrar su propia identidad o acercarse al modo de ser de los hombres. En la práctica, lo que ocurre es que pueden existir las 2 posibilidades: mujeres que mantienen el patrón de feminidad tradicional, más doméstico y servicial; y mujeres que se encauzan a toda marcha hacia el mundo del trabajo, del éxito profesional y de la competición (antes tradicionalmente masculino). Es un hecho también que la sociedad acepta mejor a las mujeres que persiguen los ideales masculinos que a los hombres que prefieran vivir de acuerdo al patrón tradicional femenino. Los hombres que prefieran quedarse en casa, cuidando de los quehaceres domésticos y de los críos, mientras sus esposas se dedican al trabajo, continúan siendo mal vistos. O sea, el mundo igualitario todavía es el que privilegia el modo de ser masculino: las mujeres pueden (y en muchos aspectos deben) actuar como los hombres, mientras que los hombres deben continuar actuando como hombres.

La complicación mayor es que, frente a tanta confusión de conceptos, se hace difícil dar origen al proceso de entendimiento de lo que pueda ser el verdadero femenino. Hasta hoy sólo existe lo femenino tenido como subalterno, pasivo y dependiente de lo masculino; o bien, lo femenino que trata de imitar el modo de ser masculino. Y las mujeres de verdad ¿dónde están? ¿Quiénes son? ¿Existen las que sepan responder a la pregunta que realmente interesa: al fin, quiénes son y qué quieren las mujeres?

Traducción: Teresa

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