Optimismo y Pesimismo

No deja de ser curioso observar las diferentes reacciones del ser humano frente a ciertos obstáculos. Al enfermar, algunas personas sólo piensan en la recuperación; otras sienten que jamás volverán a tener salud. Ante una situación de riesgo, los optimistas deciden enfrentarla, pues les parece que las oportunidades de éxito son buenas; los pesimistas reculan, anticipando la catástrofe. Para comenzar un enamoramiento, el optimista se acerca a alguien que ha despertado su interés; el pesimista evita el primer paso, imaginando un rechazo inevitable.

Las diferencias no se terminan ahí. Si por un lado hay alegría de vivir, generosidad, desprendimiento, por el otro existe cierta tendencia al egoísmo y a la tristeza, a veces disfrazada de falsa euforia. El optimista está siempre lleno de planes y proyectos, es innovador, contagiando con su esperanza a las personas que le rodean. El pesimista es más comedido en los gastos y en los gestos, suele ser conservador, sólo se interesa por cosas que ya han sido experimentadas y agradan a la mayoría.

¿Cuáles serán los factores que impulsan al ser humano en la dirección de un comportamiento positivo o negativo en relación a la vida? Vale la pena levantar algunas hipótesis. Ante todo, no creo que se trate de un mero condicionamiento o hábito de pensar. Es decir, no sirve de nada despertar por la mañana con la disposición de cambiar y de tomar actitudes positivas. Ese tipo de optimismo será falso, superficial y no conducirá al éxito deseado.

Tengo la impresión de que hay algo de innato en nuestro comportamiento. Ciertas personas poseen fuerte impulso vital. Portadoras de una energía inagotable, las mueve un combustible que falta a la mayoría de los mortales. En ellas, la alegría de vivir es desbordante. Nada las pone tristes y, en ciertas situaciones, parecen livianas porque no dan mucho peso a sufrimiento alguno. Ese fenómeno innato probablemente está ligado a la bioquímica de nuestras células cerebrales.

Otro factor que predispone al optimismo o al pesimismo es la evaluación crítica de nuestro pasado. Por ejemplo, si una persona de 40 años hiciese una retrospectiva de su vida y llegase a la conclusión de que tuvo progresos indiscutibles, habrá buenos motivos para el optimismo en relación al futuro. Si, por el contrario, en el momento de sumar y restar, el saldo fuese negativo, el pesimismo prevalecerá. Esa auto-evaluación no abarca solamente conquistas de orden material. Lo que más interesa es el éxito como ser humano. Conseguir dominar los impulsos agresivos, tener una vida sentimental y sexual satisfactoria, ser tolerante para con las diferencias de opinión son condiciones que conducen al optimismo.

Finalmente, existe un tercer factor, sin duda el más importante de todos, que orienta nuestra actitud. Ese factor es el coraje. Las personas que no tienen miedo de osar tienden al optimismo. No temen al sufrimiento ni al fracaso. Saben que el fuerte no es aquel que siempre acierta, sino el que corre el riesgo de equivocarse y sobrevive a la más dura caída. Los seres humanos más felices soportan bien el dolor y suelen tener una rutina más creativa y alegre. Su optimismo conduce al éxito, pues consideran las eventuales derrotas como un aprendizaje que los tornará todavía más fuertes. Lo opuesto sucede con el pesimista. Se queda paralizado, no por convicción, sino por miedo. No tiene miedo por ser pesimista. Es pesimista por tener miedo. Y así va pasando por la vida, cada vez más inseguro y acomodado y – lo que es peor – cada vez más envidioso.

Traducción: Teresa

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