¿Para qué sirve la lógica?

Todavía me sorprendo cuando pienso más seriamente acerca de la condición humana y la manera en como la mayoría de las personas la encara. Consideran que el uso de palabras puede resolver alguna cosa, al mismo tiempo en que permanecen calmos y apaciguados cuando son capaces de definir una situación o un anhelo con una palabra específica. Muchas son las personas capaces de estar más serenas porque conocen el nombre de su “enfermedad”; siempre están preocupadas por saber si determinada actitud es “normal” o “anormal” y, al enterarse de que es “normal”, ya se consideran más seguras.

Así también la mayoría de las personas sueña con un estado que se suele denominar libertad, sin siquiera preocuparse por saber qué estado es ese y, principalmente, como se llega a él. Por simpleza consideran que el hombre será libre cuando determinada sociedad llegue a constituirse, y le atribuya a él tal condición de poder hacer todo cuanto le dé la “gana”; no es fácil darse cuenta de que este día jamás llegará y que las cosas no son así de fáciles, tanto desde el punto de vista social como individual. Y más: tal creencia que supervalora los poderes de lo “social” sin explicarlos debidamente, puede estar a servicio de conducir a una persona a abandonar la introspección – percibida como “inútil” – condición muy atrayente porque el conocerse es doloroso.

Además de doloroso, el auto-conocimiento es extremadamente difícil, porque es un proceso racional en el cual tenemos que entender cómo funciona nuestra propia razón. En una metáfora al gusto de los tiempos actuales, es como si un computador tuviese que aprender de qué manera ha sido construido, cosa que tiene que correr en paralelo con su utilización cotidiana. Muy poco todavía sabemos acerca de este proceso fantástico – y, en muchos aspectos mágico – que consiste en el funcionamiento de las células cerebrales capaz de generar pensamientos.

Es como si este sistema, extremadamente sensible, fuese capaz de registrar sensaciones – que son guardadas, mediante lo que se denomina memoria, cosa por si sola absolutamente asombrosa – captadas por los órganos de los sentidos (a partir de ellos son recibidas las “informaciones” del medio exterior). A través del sistema nervioso periférico llegan “informaciones” del propio organismo.

A situaciones, objetos y también sensaciones, aprendemos – desde el segundo año de vida – a asociar palabras que a ellas corresponden, dentro de un sistema construido por criaturas que nos han precedido y que han constituido el lenguaje como parte del proceso de utilización de su razón. Después de que hubiésemos guardado en la memoria un número razonable de situaciones, objetos y sensaciones – así como sus respectivos nombres, o sea, palabras que los representan – podemos apercibirnos con facilidad de las condiciones en que ellas se repiten. Así, somos capaces de “reconocer” objetos, situaciones, etc. El siguiente paso consiste en poder correlacionar objetos entre sí, objetos o situaciones con emociones, etc. Surgen las frases, aglomerados de palabras que reflejan el establecimiento de este avance.

Juntamente con este primer avance mayor, se crea el primer problema serio. Es el siguiente: ¿y si establecemos correlaciones que no corresponden a los hechos reales? Esto se da, admitida la honestidad del sistema racional, por precipitación a partir de una correlación casual y que no se confirmaría en un gran número de experiencias (que, evidentemente, la criatura todavía no posee).

Y más: ¿cómo saber cuáles son las correlaciones realmente acertadas y las equivocadas? Aquello que se denomina lógica ha sido un esfuerzo en el sentido de sistematizar un conjunto de reglas capaz de reducir al mínimo el margen de error en las correlaciones. Es evidente su utilidad, cuando menos en el modo de pensar de los adultos; sin embargo, una criatura podrá apegarse a determinadas correlaciones apresuradas, especialmente si están implicadas fuertes emociones. Vale registrar desde ahora que el pensamiento lógico también puede ser un impeditivo parcial para el propio proceso creativo; aquello que se denomina intuición sería el establecimiento de una correlación entre dos cosas sin que se tengan absolutamente datos para esto.

A pesar de encontrarse sujeta a errores graves, esta es también la vía usual de los más importantes descubrimientos; el esfuerzo de décadas tiene, a veces, el objetivo de encontrar los medios de demostrar aquello que, por intuición, ya se sabía desde el principio.

Traducción: Teresa

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