¿Qué vale más: la belleza o el dinero?

En una conversación con amigos ha surgido este tema y me ha parecido muy interesante intentar escribir alguna cosa sobre él, ya que se trata, según creo, de las dos condiciones más codiciadas por las personas. Claro que no estaban en juego otras variables también muy codiciadas, como la inteligencia, la felicidad sentimental, el vigor sexual, la persistencia y disciplina para el trabajo, la competencia para los deportes o para la vida social, etc. La cuestión era apenas esa: ¿belleza o dinero?

Tampoco valía querer tener los dos, porque es obvio que todos responderían de la misma forma. A lo largo de mi mocedad, recuerdo que pensaba mucho acerca de esto cuando veía a una chica muy guapa en la parada del autobús. ¿Cómo no se hacía ella con un novio mejor situado en la vida para poder salir de aquella situación nada agradable? El hecho es que muchas no lo hacían y, estimuladas por una ingenuidad que, pienso, está desapareciendo, iban tras algún chico de sus relaciones y de condición social semejante a la suya. No tenían en mente, al menos de modo claro, que podrían “cambiar” su belleza por aquello que deseasen. Esto era lo que estaba en mi mente, más atenta a la realidad de la vida, y por eso tenía tanta dificultad en imaginar que una chica así de guapa no diese con una solución mejor para su vida.

El caso es que hoy día he visto muchas menos chicas guapas y atractivas en paradas de autobús. Al mismo tiempo, bastantes muchachos, antes displicentes para con la apariencia física, buscan intensivamente convertirse en prototipos de los que podrían ser codiciados por las mujeres más bonitas o bien puestas. Es como si hubiesen descubierto todo un modo de establecerse socialmente que jamás ha estado abierto a los hombres, destinados a trabajar mucho y a intentar crecer por la fuerza de su competencia en las actividades lucrativas. .

Hoy día, chicos y chicas, hombres y mujeres mayores, todo el mundo busca perfeccionar su físico. Gastan tiempo y dinero en cremas, operaciones, tratamientos más o menos dolorosos. Hacen de todo para embellecerse y también para mantener, durante el mayor tiempo posible, la juventud. Es como si estos se hubiesen transformado en nuestros mayores valores. Son los más codiciados, a lo que parece.

La vanidad es un elemento de nuestra sexualidad relacionado con el exhibicionismo. Está presente en todos nosotros. Lo que varía es aquello que pretendemos exhibir y de qué manera queremos llamar la atención o atraer miradas de admiración dirigidas a nosotros. Podemos llamar la atención por la belleza extraordinaria. Esto es fácil para quien ha nacido así de bello y suele acomodar a la persona, que no busca nada más de muy relevante para sí porque ya se encuentra bien provista de gratificaciones de este tipo exhibicionista. Las chicas, más que los muchachos, siempre se han preocupado, más que por ninguna otra cosa, por llamar la atención para su apariencia física, incluso en los casos en que se destacan profesionalmente y tienen una buena condición socio-económica. Pocas han sido, y son, las que prefieren llamar la atención por otras razones, si pueden atraer miradas de admiración y deseo por su apariencia física.

Pienso que la condición masculina todavía es un tanto confusa y los muchachos, aún aquellos que cultivan los músculos varias horas por semana, todavía gustan mucho de desfilar con coches que llamen la atención, lo cual es una forma de exhibicionismo de la vanidad, que se ejerce por la vía indirecta. O sea, el coche llama la atención de las personas y también llama la atención quien se halla dentro del coche, el que es su dueño. En este caso el dinero es la principal fuente del exhibicionismo. Parece que, dejando aparte su utilización para las cosas básicas de la vida, el dinero está siempre al servicio del exhibicionismo. Hasta hace poco tiempo, las chicas exhibían la belleza y los muchachos el dinero – suyo o de su familia – por medio de coches, relojes, etc. Hoy las chicas están preocupadas por exhibir buena situación económica, de lo cual es ejemplo la fascinación que sienten por bolsos de marca y que todos sabemos cuánto cuestan (y mucha gente lleva los falsos con el propósito de hacerse pasar por lo que no es). Al mismo tiempo, los muchachos cultivan al máximo su belleza física, sin abrir mano, claro está, del exhibicionismo material.

Parece que la vanidad se ha tornado más exigente y todo el mundo quiere llamar la atención a toda costa y casi siempre por la vía de la belleza o del dinero. La competición se atiza y no van bien las relaciones humanas, ni las de amistad ni mucho menos las amorosas. Ahora, todo lleva a creer que, en este exacto momento, la belleza está más valorada que el dinero – y no es que éste valga poco. Considero que, con el fin de la ingenuidad, todos, chicos y chicas, se han dado cuenta de que la belleza tiene un importante valor de mercado, de modo que consideran que, en posesión de ella, conseguirán el dinero. La belleza llega al dinero y ni todo el dinero del mundo compra la belleza para sí. El dinero compra un compañero – o compañera – bello, pero no la belleza para sí. De esta manera, el polo se ha invertido por el fin de la ingenuidad. No obstante, las piezas siguen siendo las mismas. Lo que de veras interesa son la belleza y el dinero.

Traducción: Teresa

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