Respeta mi derecho a no querer oírte o verte

El hecho que alguien desee mucho nuestra atención no nos obliga a aceptar su aproximación. Al insistir en su objetivo, aunque nos ame, estará siendo prepotente y egoísta.

Un señor me ha acusado de poco respetuoso y maleducado. ¿Motivo? No he querido hablar con él por teléfono. No lo conozco, sabía que él quería hacer críticas – “constructivas” – a mi labor. No he tenido interés en saber cuáles eran. Una colega me cuenta que su madre le dice: “Tu amiga de infancia ha estado aquí y está loca para volver a verte. ¿Para cuando puedo fijar la cita?” Mi colega no tiene interés en saber cómo está esa persona, ni desea reencontrarla. Una hija atiende al teléfono y dice a su padre: “Fulano quiere hablar contigo”. El padre responde: “Di que no estoy”. “Pero él tiene gran interés en hablar contigo”. El padre: “Sí, ¡pero yo no quiero hablar con él!”

Al fin ¿quién tiene la razón? ¿Aquel que se siente ofendido por no ser escuchado o recibido? ¿O quien se cree con el derecho de solamente recibir a las personas que le interesan? Quien se empeña en colocar su opinión tiene derecho a eso, ¿o es prepotente por considerar que el otro tiene que oírlo, apenas porque él se encuentra con ganas de hablar? ¿O es egoísta y poco respetuoso aquel que sólo habla y recibe a las personas cuando le interesan o cuando le apetece? Me parece fundamental que intentemos entender esas cuestiones aparentemente banales, ya que forman parte de las complicadas relaciones en lo cotidiano de todos nosotros. Implican cuestiones morales y de los derechos de cada uno. Tratan de lo que es justo y de lo que es injusto.

Considero que es derecho legítimo de cada cual hablar o no con cualquier otra persona. El hecho de que ésta desee mucho nuestra atención no nos obliga a aceptar su aproximación. Y esto es independiente de las intenciones de quien desea el acercamiento. Puedo, si quiero, rehusar la aproximación de una persona, aunque venga a ofrecerme el mejor negocio del mundo. ¡Y el hecho de que una persona me ame tampoco la autoriza a nada! No puede, apenas porque me ama, pretender que yo quiera verla por cerca.

Al forzar la aproximación con alguien que no esté interesado en ello, la persona estará actuando de modo agresivo, autoritario y prepotente. Las bellas intenciones no alteran el carácter prepotente de la acción. En realidad, egoísta es el que quiere ver su voluntad satisfecha, aunque esto sea unilateral. El otro no le importa lo más mínimo.

El mismo razonamiento vale para las personas amigas. No tiene el menor sentido que yo vaya a casa de un amigo para decirle qué pienso de una determinada actitud suya que no me atañe, aunque no me haya gustado o yo no la haya aprobado. ¡Él no me ha preguntado nada! Aunque me aprecie mucho tal vez no quiera conocer mi opinión. ¡Tal vez no desee conocer la opinión de nadie! Está en su derecho. Puede también ocurrir lo contrario: la persona desea mi opinión y yo rehúso dársela. Aquí es el otro quien debe respetar mi derecho de omisión. No cabe la frase del tipo de: “Pero nosotros somos tan amigos y tenemos que decirnos todo el uno al otro”. Es así como, frecuentemente, se pierden buenos amigos. Es preciso tener cautela con el otro, con el derecho del otro. No basta tener ganas de hablar. Es preciso que el otro se encuentre con ganas de oír. Nos tornamos inconvenientes y agresivos cuando hablamos cosas que los demás no están por la labor de escuchar.

Idéntico razonamiento vale también para las relaciones íntimas – entre parientes en general, y entre marido y mujer en particular. En estos casos la falta de respeto suele ser todavía mayor. Las personas dicen y hacen todo cuanto les pasa por la cabeza. Es un peligro. No paran de ofenderse y lastimarse mutuamente. Consideran que sólo por ser parientes, tienen el derecho de decir todo lo que piensan, sin preocuparse de cómo el otro recibirá aquellas palabras. Toda relación humana de respeto implica la necesidad de imaginar aquello que puede hacer daño gratuitamente al otro. Es necesario prestar atención al otro, para evitar agresiones, aunque sean involuntarias. Cuando las personas hablan y hacen lo que quieren, sin preocuparse con la repercusión sobre el otro, es debido a que en ellas predomina el egoísmo o el deseo de lastimar.

Traducción: Teresa

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