¿Será preciso amarse a sí mismo antes de amar a otros?

Siempre me sorprendo al oír a las personas decir, con convicción, frases conocidas que se tienen por verdades, sobre las que poco han reflexionado. Corresponden a creencias, puntos de vista que hemos heredado de aquellos que nos han precedido. Tenemos el deber de repensar todo, ya que nuevos conocimientos pueden crear maneras más sofisticadas de encarar los temas que tanto nos interesan.

Esta es una de esas frases: “si yo no consigo amar primero a mí mismo, no seré capaz de amar a nadie.” Esto se dice y se piensa a propósito de la posibilidad de establecer una relación íntima, estable y de buena calidad. No se está hablando en términos genéricos, de modo que ella no está directamente ligada al dictamen bíblico de que debemos “amar al prójimo como a nosotros mismos.”

El “prójimo” del texto bíblico es cualquier persona con la cual establecemos algún tipo de relación y no aquel ser especial con quien queremos entablar una relación afectiva íntima, de preferencia estable y definitiva. Además pienso que la idea religiosa concierne al tratamiento y a los derechos, o sea, que debemos considerar a los otros como sujetos de derechos iguales a aquellos que nos atribuimos a nosotros mismos.

Mi forma de pensar acerca del amor no nos permite hablar de amor hacia sí mismo. Ello porque éste tiene lugar siempre en condiciones interpersonales. El amor corresponde al sentimiento que abrigamos hacia aquella persona cuya presencia produce en nosotros la adorable sensación de paz y cercanía protectora. La primera manifestación de ese sentimiento corresponde a lo que sucede entre madre e hijo, tal vez aún durante la vida intrauterina, pero, indudablemente, a partir del nacimiento: la criatura, desamparada y amenazada por incomodidades de todo tipo, se siente bien y arropada por la presencia física de la madre y la ama; ésta, a su vez, siente enorme placer en estar con su bebé en brazos y le profesa enorme amor precisamente porque ella también se siente arropada por él.

El primer sentimiento interpersonal es el de amor. Claro que el niño, frustrado por la ausencia de la madre, puede también enojarse y llorar mucho por sentirse abandonado. Tal vez el segundo sentimiento sea ciertamente el de rabia, que también es interpersonal (depende de un agresor externo). A medida que transcurren los meses y el crío se va diferenciando, pasa a investigar el mundo que le rodea, incluso a sí mismo. Al tocar ciertas partes de su cuerpo experimenta una sensación muy agradable de excitación. Se trata de excitación sexual, esta sí personal y auto-erótica.

Cuando se piensa en el sexo y el amor como parte del mismo proceso, lo cual no coincide con mi punto de vista, puede creerse que existe algún tipo de afección del niño (y después del adulto) hacia sí mismo. Sucede que con la separación entre esos dos fenómenos (siendo un hecho que el amor ocurre antes del sexo), podemos pensar en el sexo como un fenómeno personal, pero no en el amor como tal. Así, existe auto-erotismo, pero no existe amor hacia sí mismo: el amor pide objeto y el primer objeto es nuestra madre.

Estas consideraciones son de naturaleza más teórica. Vayamos ahora a la práctica, donde constatamos que la gran mayoría de las personas no tiene un buen concepto sobre sí misma. Esto significa que no tienen auto-estima, lo que suele tomarse como sinónimo de ausencia de amor por sí mismas. Estima es una palabra que puede estar asociada al amor, pero también significa valor; pienso más en este segundo aspecto, de modo que baja auto-estima significa que no estoy satisfecho con mi manera de ser. Yo soy el juez y también el evaluado, en este caso de forma negativa. ¡Si esto, de hecho, implica en incapacidad para amar, podemos afirmar que el amor no existe!

Lo que ocurre no es nada de eso. Aquel que tiene de sí mismo un concepto negativo suele interesarse por alguien que sea su opuesto. Esto sí es la regla que ocurre en la realidad: nos encantamos con los que son lo opuesto de nosotros, ya que no nos gusta poco ni mucho nuestro modo de ser. Las personas que acompañan mi trabajo saben que a este tipo de alianza la considero un tanto precaria y, hoy día, con tendencia a una vida corta.

Podemos decir que quien no tiene buena auto-estima (expresión mejor que esa de “aquel que no se ama”) tiende a amar a su opuesto. La calidad de este tipo de relación es muy dudosa, de modo que, en este sentido, podemos decir que aquellos que tienen una buena auto-estima (expresión que sustituye, con ventaja a la de “aquel que se ama”) tienden a entablar relaciones amorosas mejor encajadas y bastante más gratificantes.

Al pensar bajo esta óptica y si consideramos como amor apenas a este segundo tipo de relación, entre personas de temperamento y carácter afines, podemos decir que aquél depende vitalmente de una buena auto-estima. Como ésta es rara, también serán raras las relaciones amorosas. No obstante, no me parece razonable pensar así, ya que las relaciones entre opuestos también envuelven cercanía e intimidad – a pesar de los problemas, conflictos, celos y rencillas de todo tipo. Así, sólo podríamos de veras afirmar que para que seamos muy felices en el amor hemos antes de entendernos con nosotros mismos. Tal vez sea esencial un avance en la capacidad de quedar bien con nosotros mismos, de corrección de aquellos aspectos que no nos gustan en nosotros y de llegar a un estado de conciliación con nuestra forma de ser, a fin de que podamos estar verdaderamente preparados para una relación amorosa en la cual las delicias de la cercanía protectora puedan satisfacernos plenamente.

Traducción: Teresa

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