Una pausa para pensar un poco sobre el amor

La cuestión amorosa preocupa más a la mayoría que los aspectos esencialmente relacionados con el sexo. No creo que eso sea justo, pues el sexo aún es un gran problema que ha de ser mejor resuelto por las generaciones que están ahí y también por las que vengan.

Ha ocurrido un acontecimiento reciente que me ha hecho escribir este pequeño texto sobre el amor. He sido invitado para hacer una pregunta a Rosa Montero (escritora española que ha sido entrevistada en el programa Roda Viva de la TV Cultura en 10/4). Le he preguntado si consideraba razonable pensar en la existencia de un factor anti-amor, un factor interno que torna tan difícil e infrecuente la realización de las historias de pasión, tema de uno de sus trabajos más recientes.

Su respuesta ha sido de tal modo sorprendente, que me ha hecho reconsiderar algunos aspectos relacionados con lo que ya he escrito acerca de ese asunto: ella se desvió totalmente del tema y ¡parecía no haber entendido en absoluto sobre qué hablaba yo (había traducción simultánea al español)! He comprendido cuán carente de información se encuentra la mayor parte de las personas; incluso las más esclarecidas, todavía están desprovistas de informaciones respecto del tema. Ella decía que la pasión es un vicio, algo que sólo puede durar unos 2 años; este es el discurso oficial, nada creativo. Decía también que, después de superada la pasión, las relaciones adquirían aquel aspecto cotidiano un tanto monótono y repetitivo. Ha dicho que ella misma había sentido la pasión varias veces y que las historias siempre terminaban así: cuando se sale de la fantasía para la realidad, el tedio y la monotonía acaban por predominar.

En síntesis, ella ha dicho que, o vivimos el amor como drogados, o entonces lo vivenciamos como un tedio. Nada puede ser más tradicional, conservador y depresivo que estas consideraciones extraordinariamente reaccionarias. Dan la impresión de que no hay salida ni salvación para la cuestión del amor, a no ser por el esfuerzo enorme de aceptar y respetar las diferencias que son inherentes al hecho de que el amor real implica a individuos específicos. No habla sobre qué diferencias y, con eso, coloca todas las diferencias en el mismo saco. No necesito enfatizar cuán peligroso me parece eso, pues es muy diferente estar conviviendo con un bandido, con una persona sin carácter y desleal, o con alguien que gusta de despertarse temprano cuando a nosotros nos gusta más dormir hasta tarde. Hay diferencias y diferencias, y colocarlas todas juntas es estimular la idea de que no debemos tenerlas en cuenta, ya que tendrán que existir, y habremos de trabajar mucho – aunque en el contexto de las relaciones tediosas – para conseguir sentir algún tipo de afectividad por la persona a quien antes dedicábamos pasión.

Ella dice que, en la pasión, lo que de veras amamos es el estado que el encantamiento por el otro produce en nosotros. Es verdad. ¡Dice que no amamos a la otra persona, sino que lo que de veras amamos es el amor! Este es otro capítulo más del discurso oficial, tradicional y vacío. Amamos a una determinada persona porque ella despierta en nosotros una serie de sentimientos y sensaciones, y esto es lo que he venido afirmando desde hace décadas. Amo a aquella persona cuya presencia produce en mí la sensación de cercanía protectora, de paz y de bienestar que he perdido en el momento del nacimiento. Amo a esa persona porque es capaz de despertar en mí emociones muy agradables. Es más que lógico que sea así. Lo trágico es que muchas personas, después de haberse sentido encantadas, continúan amando a la persona, a pesar de que ésta les produzca dolor, humillaciones y todo tipo de inseguridad y malestar. Esto ya no es amor, sino una dependencia mórbida que no tiene en cuenta los hechos y que convierte a tantas personas en rehenes de compañeros sentimentales que no valen la pena. Entonces dicen cosas tales como: ¡él es malísimo, pero le amo! Esto es lo que no tiene sentido alguno. A quien tenemos de veras que amar es a la persona que nos hace feliz, que despierta en nosotros grandes y placenteras sensaciones.

En fin, yo que pensaba que ya no habría necesidad de escribir nada más acerca del amor, he decidido, en virtud de este acontecimiento y de tantas observaciones que he venido leyendo en mi site respecto de la sexualidad (además de las consultas on-line, en las cuales, claro, los asuntos relacionados con enamoramientos y casamientos desastrosos predominan largamente) tratar de escribir más sobre el amor, sobre los caminos que conducen a la felicidad sentimental. No es para ahora, porque otros compromisos y proyectos en marcha me exigen mucho tiempo. Pero creo que en 2007 lanzaré un texto muy sencillo y directo, que trate de deshacer todos esos malentendidos.

Tenía gran deseo de reafirmar una vez más que la pasión corresponde a un encantamiento de óptima calidad entre personas parecidas que vivencian este encuentro con mucho miedo. El miedo forma parte de la pasión y le da el carácter aflictivo y tenso que puede asemejarse al vicio. Cuando el miedo se atenúa, la relación continúa manteniendo todo el vigor y todo el encantamiento propio de las relaciones basadas en la confianza recíproca, en una intimidad totalmente compartida y en un clima erótico estupendo. El miedo no es otra cosa que la manifestación de aquello a que llamo factor anti-amor, presente en todos nosotros, que está principalmente relacionado con el miedo a la felicidad. Este es el mayor obstáculo a la realización amorosa. Como todo miedo, sólo puede ser tratado de una forma: enfrentándolo de manera consciente, con coraje, determinación y persistencia.

Traducción: Teresa

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