Una Persona Verdaderamente Fuerte

Se suele oír que una persona es fuerte, que tiene genio fuerte, cuando reacciona con gran violencia ante situaciones que le desagradan. O sea, la persona de temperamento fuerte sólo está bien y calma cuando todo sucede exactamente de acuerdo con su voluntad. En otro caso, su reacción es explosiva y el estallido suele provocar miedo en las personas que le rodean. Tal vez esas personas sean responsables por denominar fuerte al que estalla, porque acaban por someterse a su voluntad. Se dice que es fuerte porque consigue imponer su voluntad, casi siempre a causa del miedo que tienen las personas a su descontrol agresivo y a su capacidad para formar escándalo.

Si pensamos más profundamente, percibiremos que las personas de “genio fuerte” consiguen hacer prevalecer sus deseos apenas en las pequeñas cosas de lo cotidiano. Ellas decidirán a qué restaurante van a ir los otros; qué película será la que el grupo vaya a ver; si la familia irá a la playa el fin de semana y así sucesivamente. Las cosas verdaderamente importantes –su salud y la de las personas con las que conviven; el éxito o fracaso en las actividades profesionales, estudios o inversiones; las variaciones climáticas y sus tragedias, tales como inundaciones, derrumbamientos y terremotos; la muerte de las personas queridas – no son decididas por ninguno de nosotros. Lo cual conduce a los de “genio fuerte” a comportamientos ridículos: chillan, patalean y blasfeman ante acontecimientos inexorables, contra los que nada podemos hacer. ¡Reaccionan como chiquillos mimados a los que no se puede llevar la contraria! A fin de cuentas, ¿eso es ser una persona fuerte?

Está claro que no. Querer mandar en los acontecimientos de la vida, pretender influir en cosas cuyo control se nos escapa, no es un signo de fuerza, como tampoco lo es de buen sentido, sensatez y uso adecuado de la inteligencia. Tal vez sería muy bueno que pudiésemos influir sobre muchas cosas que son esenciales. Pero la verdad es que no podemos. Esto nos deja inseguros, pues cosas desagradables y dolorosas pueden ocurrir en cualquier momento. Y no serán nuestros gritos los que impedirán que nuestros hijos sean atropellados, que se mueran nuestros padres, que en nuestra ciudad ocurran inundaciones o derrumbamientos.

El primer signo de fuerza en un ser humano reside en la humildad de saber que no tiene control sobre las cosas que para él son más esenciales. Sí, porque este individuo ha aceptado la verdad. Y esto no es cosa fácil de hacer, especialmente cuando la verdad nos deja impotentes y vulnerables.

El segundo signo, y más importante, es que la persona comprenda que tendrá que soportar todo el dolor y todo el sufrimiento que el destino le imponga. Y más – y este es el tercer signo -, tendrá que soportar con “clase” y sin escándalos. No sirve de nada sublevarse. De nada sirve blasfemar contra Dios. Ser fuerte es tener competencia para aceptar, administrar y digerir todos los tipos de sufrimiento y contrariedad que la vida forzosamente nos determina. Es no intentar hacerse el listillo en las cosas que son de verdad. Las personas que no toleran frustraciones, dolores y contrariedades son las débiles y no las fuertes. Hacen mucho alboroto, gritan, forman escándalos y amenazan con pegar. Son alborotadores, y no fuertes – ¡estos dos términos no son sinónimos!

El fuerte es aquel que osa y se aventura en situaciones nuevas, porque tiene la convicción íntima de que, si fracasa, tendrá fuerzas interiores para recuperarse. Nadie puede tener la seguridad de que su emprendimiento – sentimental, profesional, social – será bien sucedido. Tenemos miedo a la novedad justamente debido a eso. El débil no osará, pues la simple idea del fracaso ya le produce un dolor insoportable. El fuerte osará porque tiene la sensación íntima de que es capaz de aguantar el revés.

El fuerte es aquel que monta en el caballo porque sabe que, si se cae, tendrá fuerzas para levantarse. El débil encontrará una disculpa – en general, acusando a otra persona – para no montar en el caballo. Hará gestos y pose de quien tiene coraje, pero en verdad, es exactamente lo contrario. Buscará tantas certezas previas de que no va a caerse del caballo que, caso llegue a tenerlas, el caballo ya se habrá marchado hace mucho tiempo. El fuerte es el que parece ser débil: es quieto, discreto, no grita y él es el osado. Hace lo que nadie esperaba que hiciese.

Traducción: Teresa

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