Vanidad, agresividad y envidia

Estamos tratando uno de los aspectos más intrigantes de nuestra condición: nacemos diferentes unos de otros y vivimos en una sociedad en la cual, inexorablemente, algunas propiedades son más valoradas que otras. Los criterios de belleza podrán variar de una sociedad para otra, de una época para otra. Sin embargo, siempre algunas personas serán tenidas como más bellas; y éstas siempre serán pocas, visto que lo que es menos frecuente llama más la atención. La inteligencia siempre será valorizada y, cuando es especial, creará facilidades para la vida práctica de sus poseedores. Lo mismo vale para el vigor físico, para las dotes artísticas especiales, para la facilidad en el trato con las personas, etc.

Aun en un contexto ideal, en que la competición no sea estimulada e incluso sea desalentada, pienso que la cuestión de la comparación de las personas entre si tendería a ocurrir, generando malestar y humillación en algunas de las que se sintiesen menos favorecidas. Me parece que, en un ambiente no competitivo, muchas personas no se sentirían tan perjudicadas por no ser poseedoras de características excepcionales (lo opuesto de lo que sucede en sociedades como la nuestra de hoy, en que la ambición, aun la desmedida, es tenida como virtud). Tal vez fuese posible observar más atentamente incluso el lado negativo de aquello que está muy valorado: mujeres muy guapas se acostumbran a llamar la atención por esta vía y, con frecuencia, se tornan displicentes en cultivar otros atributos. Pero la vida es larga, la belleza es efímera y tal vez tengan una madurez y ancianidad más sufridas que aquellas que nunca han apostado mucho por su apariencia física. Este es apenas un ejemplo, pero podría extenderse a otras propiedades muy valoradas.

Aunque en menor intensidad e implicando menor número de individuos, es probable que algunas personas se sintiesen perjudicadas por no haber sido “elegidas” para ser poseedoras de tantas dotes. Al compararse, sentirán el dolor típico de la ofensa a la vanidad que es la humillación. Se sentirán agredidas por la simple presencia de aquellas virtudes en el interlocutor. Reaccionarán con la agresividad típica del este tipo de mecanismo al que llamamos envidia: harán algún comentario despectivo, despreciando precisamente aquello que les gustaría tener; lo harán con humor para disimular la sensación de inferioridad que se encierra en toda acción envidiosa. LA AGRESIVIDAD SUTIL DIRIGIDA CONTRA PERSONAS QUE NADA HAN HECHO, A NO SER EXISTIR Y SER COMO SON, ES LA MARCA REGISTRADA DE LA ENVIDIA.

Pienso que es casi imposible que la envidia no exista. Las personas habrían de tener la docilidad de aceptar su condición sin ningún tipo de frustración. Tendrían que vivir en una sociedad que no privilegiase las virtudes excepcionales y sí las de carácter democrático, accesibles a todo el mundo. Tendrían que, al compararse con otras personas, no construir una jerarquía: tendrían que reconocerse como diferentes y no como superiores o inferiores. Este sería el mundo ideal, en que las personas serían amigas y solidarias: estamos más cercanos al final de los tiempos que a él.

Lo que no tiene el menor sentido es que actuemos, consciente y deliberadamente, en el sentido inverso, en la dirección de estimular la vanidad, la competición y, por tanto, la rivalidad y la hostilidad entre las personas. No sé si todas las personas son plenamente conscientes, de modo que vale la advertencia: no se trata de un camino obligatorio, pues no somos tan esclavos de nuestra biología. Podemos amenizar o estimular una determinada predisposición que forme parte de nuestra naturaleza. Estamos en sentido inverso, transformando las personas en enemigos, en rivales. Las personas están cada vez más solitarias y desamparadas. Cuanto más débiles emocionalmente se encuentren, más esclavas serán de las “felicidades” aristocráticas, a través de las cuales se sienten momentáneamente importantes. El círculo vicioso que estamos viviendo es terrible, y ya tenemos claros signos de hacia dónde nos estamos dirigiendo.

Traducción: Teresa

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